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sábado, 21 de junio de 2008

HUEPETUHE

Hoy recibí un correo con un artículo de esos que, lo confieso, casi nunca leo. Se trataba de un tema ambiental. No sé como, pero empecé a leerlo y no me pude detener hasta el final del artículo.

Inmediatamente le escribí a su autor, solicitándole autorización para reproducirlo en este humilde blog. Muy solicito, Carlos Pongo H. me ha contestado autorizando su publicación.

Comparto con ustedes estas lineas, las que sin duda los harán meditar respecto a lo que viene sucediendo en el pequeño Gran Pueblo de Huepetuhe.


"Esta conversación ocurrió en Madre de Dios , a fines de Febrero del 2008 .

Carlos, antes que partas a Lima, quieres ver lo que es verdaderamente un desastre ecológico"? Eso me dijeron mis amigos que viven en Puerto Maldonado, capital de Madre de Dios. Uno es abogado y el otro dirige una radio local. "Entonces tienes que ir al centro minero de Huepetuhe". Acepté sin pensarlo dos veces. Ahora se habla y escribe mucho sobre la contaminación del medio ambiente producido por las empresas mineras y quería ver con mis propios ojos a qué llamaban un desastre ecológico.

El 28 de Febrero del 2008 un colectivo me recogió del Hotel a las 4am. Tomó la ruta que se dirige al Cuzco que es en su mayor parte afimada. En el futuro será asfaltada porque por allí pasará la vía ínter amazónica que nos conectará con Brasil.

Después de cinco horas de viaje, a las 9am llegamos a un pueblo que lleva el nombre de un inmigrante japonés de apellido Mazuko que se asentó en la zona en los años de 1930 para explotar la madera. Algo que he aprendido en este viaje es que en los años de 1930 y 1940 hubo una fuerte inmigración japonesa en la zona. Incluso el actual Presidente Regional de Madre de Dios es hijo de uno de esos inmigrantes japoneses. Hay historias tan lindas en nuestro territorio que está esperando que escritores locales la divulguen.

De Mazuko una moto me llevó al punto de embarque para cruzar el río Inamabari. Camiones y camionetas estaban esperando en el otro lado del río para transportar las mercaderías que serían llevadas al centro minero de Huepetuhe. En uno de esos pequeños camiones empezamos la travesía. Todo verde a mi alrededor por ser la selva amazónica del Manu. Después de una hora el paisaje empezó a cambiar y para sorpresa mía entramos a una zona que tenía un paisaje desértico en plena amazonía. Con mis propios ojos podía dar fe de un desastre ecológico de gran envergadura. Miren las fotos. No hay palabras.

Huepetuhe es un pequeño poblado con mucha actividad. La minería mueve la zona. Hay un gran número de casas de compra de oro, tiendas de repuestos para equipos pesados, cantinas. Es un poquito lo que de niño mirábamos en las películas de esos pequeños pueblos del oeste de EEUU llenos de movimiento comercial y de personas.

En esta travesía me acompaño la estudiante de periodismo de la Bausate y Mesa, Patricia Reyes, quien con buen ojo profesional tomó una gran cantidad de fotos y filmó para que puedan Uds. visualizar este desastre a la naturaleza. Alquilamos los servicios de un par de motos y recorrimos la zona.

Subimos a las partes altas donde camiones pesados traían carga de tierra para ser procesados con MERCURIO para seleccionar el oro. En el el punto mas alto de un cerro de relave pude mirar en toda su dimensión el daño hecho a esta extensa zona selvática. La depredación ambiental se pierde en la distancia. Es difícil imaginar que en esa zona depredada corrían ríos y había una frondosa vegetación.


Esto es un desastre que no es causado por empresas extranjeras transnacionales a quien echarles la culpa. Esto es producto de la minería artesanal y pequeñas empresas que la dirigen peruanos ¿qué paso?. ¿cómo llegamos a esta situación de desastre? ¿podrá alguna vez repararse este daño? ¿volverán los ríos, la vegetación?

Esta es mi Patria, este es mi país y también soy ciudadano del Planeta Tierra y esto no puede continuar así. Tenemos que respetar nuestro medio ambiente. Tiene que haber otra forma de minería que no destruya nuestra propia tierra, nuestra Madre Tierra, nuestra PachaMama.

¿QUÉ PASÓ?

Todo tiene un origen y una explicación. Esto no empezó el año pasado. Este es un fenómeno de años, que ha ido cobrando fuerza a medida que el precio del oro ha ido subiendo en el mercado internacional. Preguntando aquí y allá y tratando de leer lo mas que he podido sobre el tema he hecho mi propia interpretación de lo que pasó en Madre de Dios.

Todos los gobiernos desde hace treinta años atrás sabían que este fenómeno estaba desarrollándose. En los últimos quince años por la zona han volado helicópteros con los Ministros de Energía y Minas de cada gobierno, incluso algunos gobernantes lo han hecho. Ya para esta época el daño ambiental era tan grande que todos se quedaban paralizados de no saber que hacer y/o tal vez de como buscar provecho de esta situación.

La presencia del Estado es muy débil en esa zona y se cuenta que se exporta el oro sin ningún control y hay gruesas COMISIONES que se dirigen hacia los políticos de la zona y de la capital.

El problema es muy complejo porque la mayoría de los pobladores de esa zona selvática que trabajan y viven de la minería artesanal vienen de Cuzco y Puno. Cuando hay crisis económicas y políticas muy agudas, la gente educada emigra hacia otros países en busca de un mejor futuro. Pero que pasa con la población con escasa educación y sin posibilidades de emigrar? Solo les queda ingeniárselas para sobrevivir.


La lucha por la tierra en los años de 1960, la Reforma Agraria y la posterior debacle de la agricultura obligó a los jóvenes campesinos de la zona de Cuzco y Puno a emigrar a la selva en busca de un mejor futuro en la tala de árboles y en la explotación artesanal del oro. Son ellos los que poblaron la zona y han levantado esa industria sin asistencia de nadie, por su propio instinto de sobrevivencia. Pero no todo ha sido color de rosa.

A medida que el precio del oro mejoraba se necesitaba mayor numero de mano de obra para trabajar en los yacimientos mineros. Los dueños de las minas establecidos a través de los años han promovido una nueva inmigración andina con promesas de buenos sueldos pero los han hecho trabajar en condiciones de casi esclavitud.

Los que se rebelaban eran eliminados físicamente y enterrados en cementerios clandestinos. En una época y tal vez por la escasez de mano de obra también se recurrió a la mano de obra infantil para la extracción de oro. Nuevamente reclamo que los escritores de la zona e investigadores nos hablen de estas historias.

Con el alza del precio del oro se han formado nuevos ricos y nuevo grupos de poder económico en la zona de Madre de Dios. Los políticos para ser elegidos a cargos de Gobierno Local y Nacional necesitan dinero para financiar sus campañas políticas y encuentran una fuente de recursos de estos grupos de poder económico del oro y de la tala ilegal de la madera.

¿Cuando ha escuchado de los representantes de Madre de Dios que hayan llevado al debate nacional en el Congreso sobre este daño a la Naturaleza Amazónica ? Hay un silencio de los políticos locales, de los Ministros de Minería, de los Gobernantes de turno, porque el status quo les trae beneficios. Siempre hay excepciones porque en toda época se encuentran políticos honestos.

Esa es mi explicación que puede ser equivocada o no.

SOLUCIÓN

Nuevamente son mis ideas. No se puede de un simple radical Decreto prohibir la explotación minera artesanal porque eso sería el descalabro de la economía de Madre de Dios. Es como decretar que se prohíba la actividad económica informal en todo el país. El grueso de la población peruana en edad de trabajar tiene que recurrir a la informalidad, es decir crearse su propio medio de trabajo para poder subsistir. Las soluciones tiene que ser humanas y entendiendo bien nuestra realidad.

Encontré leyendo sobre el problema algunas alternativas de profesionales muy capaces. Este es el testimonio de un profesional muy calificado como es la del Ing. Angel Baez Ayesta ,graduado de la Agraria en La Molina que escribió :

"... estuve cerca de 1 años trabajando en la industria minero-energética del Perú como asesor de varios Vice- Ministros y Ministros en el Ministerio de Energía y Minas (MEM) del Perú y sé de la cantidad de pasivos ambientales que dejó la minería antigua en mi país.

Por ejemplo voy a mencionar uno: para muestra un botón, se trata de Huepetuhe - Madre de Dios, producido por la minería aurífera artesanal, informal por tanto ilegal, causando un enorme y grave daño al medio ambiente y además contaminando con mercurio, aparte de generar un proceso de desertificación en una zona totalmente frágil de la selva sub tropical que afecta al ecosistema, en plena selva amazónica.

Por ello es importante desarrollar grandes cruzadas para rescatar y convertir en activos ambientales rentables, por lo menos los más importantes pasivos ambientales existentes. Por ejemplo construyendo un gran parque zoológico en esa zona, para reproducir especies en vías de extinción, todo esto luego de arreglarla y reforestarla. Para ello se requiere ideas y proyectos sólidos bien estudiados, formulados y documentados con fotografías, películas etc. para acudir con ellos a las fuentes de financiación que existen en el mundo y que están dispuestos a financiar tales proyectos.

Yo cuento con toda la información sobre lo que esta pasando en Huepetuhe. He visitado la zona varias veces, he fotografiado y filmado sus impactos y con este material he tratado de llegar a los Vice Ministros, Ministros, a los señores Peter Van Deer Veen del Banco Mundial, al PNUD y otras organizaciones, pero hasta ahora sólo veo que se tapan lo ojos y hacen de oídos sordos y nada o muy poco se hace...." (fin del testimonio).

Tiene que reeducarse a los mineros artesanales en nuevas tecnologías que no usen mercurio, no se si habrá, y nueva metodología para procesar los deshechos y no arrojarlos libremente a los ríos o al subsuelo. Pero tiene que haber soluciones. Aquí el nuevo Ministerio del Ambiente de reciente creación va a tener su prueba de fuego.

Tengo fe en mi país, en sus profesionales, en su gente que quiere vivir en un país digno, donde se respete a sus ciudadanos y a nuestra geografía. Donde los partidos políticos no parezcan como un grupo organizado para asaltar y usufructuar del Presupuesto Nacional. Los Partidos y sus políticos deben ser los mejores agentes de los cambios positivos para el país. Manos a la obra. No se puede defender lo que no se ama y no se puede amar lo que no se conoce.

Finalizo cambiándole algunas frases a un poema de un poeta turco Nazim Hikmet:

"No vivas en nuestra Patria como un inquilino
Ni mires sus riquezas naturales del modo como lo mira un turista

Vive en nuestro amado Perú como si fuera TU CASA
La CASA de tu Padre y tu Madre, LA CASA que dejarás a tus Hijos".

21 de Junio del 2008- Carlos Pongo H."

martes, 15 de abril de 2008

EL CESAR VALLEJO QUE YO CONOCÍ

Era el Viernes Santo del 15 de abril de 1938 cuando cerró sus ojos y tal vez leyó en el silencio los versos que el mismo escribió...

Corría el año 1917 y yo vivía con mis padres en una hacienda de la sierra del norte del Perú, situada exactamente en las últimas estribaciones andinas de la provincia de Huamachuco. Se llama Marcabal Grande y hasta esa hacienda llega ya, subiendo por el cañón abismal del río Marañón, el rescoldo cálido de la selva amazónica. Mi vida había sido la de un niño campesino, hijo de hacendados, a quien su padre enseña en el momento oportuno a leer y escribir pasablemente y las artes más necesarias de nadar, cabalgar, tirar al lazo y no asustarse frente a los largos caminos y las tormentas. Alternaba mis trajines por el campo -donde me placía de modo especial un paraje formado por cierto árbol grande y cierta piedra azul- con lecturas de Andersen, Las mil y una noches y otros libros maravillosos, entre ellos un grueso volumen del naturalista Raimondi sobre viajes y exploraciones de la selva que me parecía igualmente fantástico. Yo soñaba con ir a la selva, pero no como un sabio a estudiarla sino como un pionero. Conquistaría ese mundo poblado de árboles innumerables y de indios bravos.

A los siete años de edad, tales eran mis conocimientos y mis anhelos, pero mis padres abrigaban ideas más amplias sobre mi preparación y un día me anunciaron que debía ir a Trujillo, una lejana ciudad de la costa, a estudiar. En compañía de un hermano menor de mi padre, que pasó con nosotros sus vacaciones, hice el largo viaje. Ésos fueron para mí reveladores días en que trotamos a través de dos de las riscosas cadenas de los Andes, bajando muchas veces hasta valles cálidos ubicados en el fondo de las quebradas y los ríos y subiendo, otras tantas, hasta altos páramos rodeados de rocas contorsionadas. Vimos muchos pueblos y aldeas y nos golpearon frecuentemente los tenaces vientos y lluvias de marzo. Dado el fin de estas líneas, debo apuntar que estuvimos en la ciudad de Huamachuco, capital de nuestra provincia, y que saliendo de allí y al encaminarnos hacia una cordillera muy alta, se abrió el camino de la ciudad de Santiago de Chuco, capital de la provincia limítrofe, donde había nacido César Vallejo.

En ese largo viaje a caballo, que duró siete días sin contar el tiempo que pasamos en casa de amigos que mi padre tenía en la región, me impresionaron sobre todo las altas montañas de los Andes, la puna enhiesta, llena de soledad y silencio y una sobrecogedora dramaticidad que parece nacer de sus inmensas rocas que se parten, formando abismos de vértigo, o trepan y trepan con un terco afán de altura que no se cansa de herir el toldo encapotado del cielo. A veces, el paisaje se dulcifica un poco, tiene bondad de árboles frutales en los valles y ternura de sembríos ondulantes en las laderas, pero todo ello no es sino una tregua, porque predominan las rijosas montañas que se desnudan subiendo a diez o quince mil o más pies de altura. En el alma de quien cruce los Andes o viva allí persistirá siempre la impresión, que es como una herida, del paisaje abrupto hecho de elevadas mesetas, donde apenas crecen pajonales amarillentos, y de roquedales clamantes. Hay tristeza y sobre todo una angustia permanente y callada. Los habitantes de ese vasto drama geológico, casi todos ellos indios o mestizos de indio y español, son silenciosos y duros y se parecen a los Andes. Aun los de pura ascendencia hispánica o los foráneos recién llegados, acaban por mostrar el sello de las influencias telúricas. Azotados por las inclemencias de la naturaleza y las inclemencias sociales -en exponer éstas ya he empleado varios centenares de páginas- sufren un dolor que tiene una dimensión de siglos y parece confundirse con la eternidad.

Todo lo dicho viene a cuento porque, días después de aquel viaje, debía encontrar en mi profesor César Vallejo a un hombre que procedía de esos extraños lados del mundo y los llevaba en sí. El caso es que llegamos a Trujillo, ciudad de la costa clara y soleada, agradablemente cálida. En su ambiente colonial, con trece iglesias de labrados altares y casas de grandes portones, patios amplios y balcones de estilo morisco, daban su nota de modernidad los automóviles que corrían por calles pavimentadas, la luz eléctrica, los trenes que traqueteaban y pitaban yendo y viniendo de los valles azucareros o el puerto próximo. Mi niñez, acostumbrada a la naturaleza virgen, estaba muy asombrada de tanta máquina y del cine y otras cosas más, inclusive de la numerosa gente locuaz, que vestía a la moda. Hasta que un día, cuando mis piernas endurecidas y adoloridas por la cabalgata se agilizaron, mi abuela resolvió mandarme a clase.

Un circunspecto señor, cargado de años y sapiencia, estaba de visita en casa la noche de un domingo, y entonces escuché por primera vez el nombre de Vallejo y las discusiones que provocaba. Se habló de que al día siguiente iniciaría mis estudios.

-Si tuviera un nieto -opinó el señor en un tono de sugerencia- lo mandaría al Seminario. Está regido por eclesiásticos y es muy conveniente...

Yo era todo oídos escuchando esa conversación que me revelaba mi destino de estudiante. Mi abuela repuso con dignidad:

-Es que su padre ha escrito que se lo ponga en el Colegio Nacional de San Juan. Es lo que ha dicho terminantemente. Todos los hombres de la familia se han educado allí.

-¿Y a qué año va a ingresar?
-Al primer año de primaria...
El anciano por poco dio un salto y luego dijo, muy excitado:

-¡Mi señora!, ésa ya no es cuestión de colegios sino de buen sentido... ¿Sabe usted quién es el profesor de primer año en San Juan? ¿Lo sabe usted? Pues ese que se dice poeta, ese César Vallejo, un hombre a quien le falta un tornillo...

-Al fin y al cabo... para enseñar el primer año... -dijo mi abuela tratando de calmarlo.

Mas nuestro visitante estaba evidentemente resuelto a salvar del peligro a un pobre niño indefenso como yo, y argumentó:

-No, no, mi señora... Ese Vallejo, si no es un idiota, es cuando menos un loco. ¿No podrían ponerlo en segundo año? Al entrar me sorprendió ver que el niño estaba leyendo el periódico...

Mi presunto salvador puso una cara de desconsuelo cuando mi abuela apuntó:

-Sí, ya sabe leer y escribir aceptablemente, pero no las otras materias que se enseñan en el primer año.

El anciano estaba evidentemente resuelto a agotar todos sus recursos para librar a mi pobre cerebro de influencias perturbadoras, y tomó un rumbo más pacificador.

-Pero no me va usted a discutir, señora mía, que en cuanto a educación y especialmente en cuanto a religión se refiere, el Seminario es el mejor colegio. Está adquiriendo mucho prestigio...

Y mi abuela:

-En San Juan también enseñan la religión, según el reglamento de estudios, y no son anticatólicos...

El señor abandonó la partida, pero sin duda para consolarse a sí mismo se puso a hacer consideraciones fatales para el modernismo y no sé cuántos ismos más y luego echó rayos y centellas de carácter estético contra el arte de mi profesor, todo lo cual no entendí. Marchóse por fin, llevándose una expresión de discreta contrariedad y no sin desearme buena suerte en una forma entre esperanzada y compasiva.

Me fue difícil conciliar el sueño en medio de la inquietud que se apodera de un niño que irá a la escuela por primera vez y pensando en mi profesor, que según decían era poeta y a quien el severo anciano había llamado loco cuando no idiota.

Mi compañero de viaje, que era también estudiante del mismo colegio, me llevó hasta el local.

-Por aquí no entran ustedes -me dijo al llegar a una gran puerta sobre la cual se leía la inscripción dios y la patria-, esta puerta es para nosotros los de la sección media. Vamos por allá...

Caminamos hasta la esquina y, volteando, se abrió a media cuadra la puerta que usaban los profesores y alumnos de la sección primaria. Nos detuvimos de pronto y mi tío presentóme a quien debía ser mi profesor. Junto a la puerta estaba parado César Vallejo. Magro, cetrino, casi hierático, me pareció un árbol deshojado. Su traje era oscuro como su piel oscura. Por primera vez vi el intenso brillo de sus ojos cuando se inclinó a preguntarme, con una tierna atención, mi nombre. Cambió luego unas cuantas palabras con mi tío y, al irse éste, me dijo: "Vente por acá". Entramos a un pequeño patio donde jugaban muchos niños. Hacia uno de los lados estaba el salón de los del primer año. Ya allí, se puso a levantar la tapa de las carpetas para ver las que estaban desocupadas, según había o no prendas en su interior, y me señaló una de la primera fila diciéndome:

-Aquí te vas a sentar... Pon adentro tus cositas... No, así no... Hay que ser ordenado. La pizarra, que es más grande, debajo y encima tu libro... También tu gorrita...

Cuando dejé arregladas todas mis cosas, siguió:

-Muchos niños prefieren sentarse más atrás, porque no quieren que se les pregunte mucho... Pero tú vas a ser un buen niño, buen estudiante, ¿no es cierto?

Yo no sabía nada de las pequeñas mañas de los chicos, de modo que no entendía bien a qué se refería, pero contesté con ingenuidad:

-Sí, mi mamita me ha dicho que estudie mucho...

Él sonrió dejando ver unos dientes blanquísimos y luego me condujo hasta la puerta. Llamó a uno de los chicuelos que estaban por allí jugando la pega y le dijo:

-Éste es un niño nuevo: llévalo a jugar...

Entonces se marchó y vinieron otros chicos, todos los cuales se pusieron a mirarme curiosamente, sonriendo. "¡Serrano chaposo!", comentó uno viendo mis mejillas coloradas, pues los habitantes de la costa tienen generalmente la cara pálida. Los demás se echaron a reír. El chico encargado de llevarme a jugar, me preguntó sabiamente:

-¿Sabes jugar la pega?

Le dije que no, y él sentenció:

-Eres muy nuevo para saber jugar...

Me dejaron para seguir correteando. Yo estaba muy azorado y el bullicio que armaban todos me aturdía. Busqué con la mirada a mi profesor y lo vi de nuevo parado junto a la puerta, moreno y enjuto, conversando con otro profesor gordo y de bigote erguido, buen hombre a quien yo también habría de llamar Champollion, como hacían los estudiantes desde muchas generaciones atrás. No me atreví a ir hacia ellos y caminé al azar. Cruzando otra puerta, llegué a una gran patio donde había muchos más niños. Nadie me miraba ni decía nada. Seguí caminando y encontré otro patio, donde los estudiantes eran más grandes. Por allí se hallaba mi tío. Había muchos patios, muchos salones, muchas arquerías. Las paredes estaban pintadas de un rojo claro, casi sonrosado, quizás para templar la severidad de un edificio que, en antiguos tiempos, había sido convento. Sonó la campana y yo no supe volver a mi salón. Me perdí, entrando equivocadamente a otro. Vino a sacarme de mi confusión el propio Vallejo quien, al notar mi ausencia, se había puesto a buscarme de salón en salón. Cogiéndome de la mano, me llevó con él. Aún recuerdo la sensación que me produjo su mano fría, grande y nudosa, apretando mi pequeña mano tímida y huidiza debido al azoro. Me quise soltar y él me la retuvo. Mientras caminábamos por los amplios corredores desiertos me iba diciendo sin que yo atinara a responderle:

-¿Por qué te pusiste a caminar? ¿Te encontraste solo? Un niñito como tú no debe irse lejos de su salón ni de su patio... Este colegio es muy grande... ¿Estás triste?

Llegamos a nuestro salón y me condujo hasta mi banco. Él pasó a ocupar su mesa, situada a la misma altura de nuestras carpetas y muy cerca de ellas, de modo que hablaba casi junto a nosotros. En ese momento me di cuenta de que el profesor no se recortaba el pelo como todos los hombres, sino que usaba una gran melena lacia, abundante, nigérrima. Sin saber a qué atribuirlo, pregunté en voz baja a mi compañero de banco: "¿Y por qué tiene el pelo así?". "Poeta es poeta", me cuchicheó. La personalidad de Vallejo se me antojó un tanto misteriosa y comencé a hacerme muchas preguntas que no podía contestar. Él había de sacarme de mi perplejidad dando, con la regla, dos golpecitos en la mesa. Era su modo de pedir atención. Anunció que iba a dictar la clase de geografía y, engarfiando los dedos para simular con sus flacas y morenas manos la forma de la tierra, comenzó a decir:

-Niñosh... la Tierra esh redonda como una naranja... Eshta mishma Tierra en que vivimos y vemos como shi fuera plana, esh redonda.

Hablaba lentamente, silbando en forma peculiar las eses, que así suelen pronunciarlas los naturales de Santiago de Chuco, hasta el punto en que por tal característica son reconocidos por los moradores de las otras provincias de la región.

Se levantó después para dibujar la Tierra en el pizarrón y durante toda la clase nos repitió que era redonda, no siendo eso lo único sorprendente sino también que giraba sobre sí misma. Dio como pruebas las de la salida y puesta del sol, la forma en que aparecen y desaparecen los barcos en el mar y otras más. Yo estaba sencillamente maravillado, tanto de que este mundo en el cual vivimos fuera redondo y girara sobre sí mismo, como de lo mucho que sabía mi profesor. Cuando la campana sonó anunciando el recreo, César Vallejo se limpió la tiza que blanqueaba sobre una de sus mangas, se alisó la melena haciendo correr entre ella los garfios de sus dedos, y salió. Fue a pararse de nuevo junto a la puerta y estuvo allí haciendo como que conversaba con los otros profesores. Digo esto porque tenía un aire muy distraído.

De nuevo en el salón, era hora de estudio. La próxima sería de lectura. Había que repasar la lección. Me llamó junto a él y abrió mi libro en la sección de Pato. Tuve confianza en mi sabiduría y le dije:

-Ya pasé Pato hace tiempo. También Rosita y Pepito. Yo sé todo ese libro...

Vallejo me miró inquisitivamente:

-¿Sabes también escribir?

A mi respuesta afirmativa, me pidió que escribiera mi nombre y después el suyo. Dudé entre la be labial y la otra para escribir su apellido, pero tuve suerte al decidirme y salí bien. Me probó con otras palabras y una frase larga.

La cosa parecía divertirle. Después me preguntó:

-Y si sabes leer y escribir, ¿por qué te han puesto en primer año?

-Porque no sé otras cosas...

Entonces me dijo que fuera a sentarme. Traté de conversar con mi compañero de banco, quien me cuchicheó que estaba prohibido hablar durante la hora de estudio.

Miré a mi profesor.

César Vallejo -siempre me ha parecido que ésa fue la primera vez que lo vi- estaba con las manos sobre la mesa y la cara vuelta hacia la puerta. Bajo la abundosa melena negra su faz mostraba líneas duras y definidas. La nariz era enérgica y el mentón, más enérgico todavía, sobresalía en la parte inferior como una quilla. Sus ojos oscuros -no recuerdo si eran grises o negros- brillaban como si hubiera lágrimas en ellos. Su traje era uno viejo y luido y, cerrando la abertura del cuello blando, una pequeña corbata de lazo estaba anudada con descuido. Se puso a fumar y siguió mirando hacia la puerta, por la cual entraba la clara luz de abril. Pensaba o soñaba quién sabe qué cosas. De todo su ser fluía una gran tristeza. Nunca he visto un hombre que pareciera más triste. Su dolor era a la vez una secreta y ostensible condición, que terminó por contagiárseme. Cierta extraña e inexplicable pena me sobrecogió. Aunque a primera vista pudiera parecer tranquilo, había algo profundamente desgarrado en aquel hombre que yo no entendí sino sentí con toda mi despierta y alerta sensibilidad de niño. De pronto, me encontré pensando en mis lares nativos, en las montañas que había cruzado, en toda la vida que dejé atrás. Volviendo a examinar los rasgos de mi profesor, le encontré parecido a Cayetano Oruna, peón de nuestra hacienda a quien llamábamos Cayo. Éste era más alto y fornido, pero la cara y el aire entre solemne y triste de ambos tenían gran semejanza. El hombre Vallejo se me antojó como un mensaje de la tierra y seguí contemplándolo. Tiró el cigarrillo, se apretó la frente, se alisó otra vez la sombría melena y volvió a su quietud. Su boca contraíase en un rictus doloroso. Cayo y él. Mas la personalidad de Vallejo inquietaba tan sólo de ser vista. Yo estaba definitivamente conturbado y sospeché que, de tanto sufrir y por irradiar así tristeza, Vallejo tenía que ver tal vez con el misterio de la poesía. Él se volvió súbitamente y me miró y nos miró a todos. Los chicos estaban leyendo sus libros y abrí también el mío. No veía las letras y quise llorar...

Así fue como encontré a César Vallejo y así como lo vi, tal si fuera por primera vez. Las palabras que le oí sobre la Tierra son también las que más se me han grabado en la memoria. El tiempo había de revelarme nuevos aspectos de su persona, los largos silencios en que caía, su actitud de tristeza inacabable y otros que ya aparecerán en estas líneas.

Por la noche, durante la comida, me preguntaron en casa:

-¿Te gusta tu profesor?

-Sí -respondí.

Era inexacto. No me había gustado precisamente. Me había impresionado y conturbado, interesándome, pero no sin producirme una sensación de lejanía. Después de la comida, por indicación de mi abuela, escribí a papá. Un pequeño lápiz romo fue garabateando mis impresiones. Cuando llegué a las del colegio y Vallejo, no supe qué decir sobre él. Después de pensarlo mucho y ensayar varias explicaciones, escribí que mi profesor se parecía a Cayo Oruna. Tiempo después supe que, al leer la carta, mi madre había sonreído con dulzura y mi padre se dio a pensar en el poeta. Amaba a su pueblo y pudo otear a Vallejo desde el fondo de su alma llena de quebrados horizontes andinos.

En Trujillo, Vallejo tenía detractores tenaces así como partidarios acérrimos. En casa, como en todas las de la ciudad, las opiniones estaban divididas. Los más lo atacaban. Mi tía Rosa, persona muy culta y dada a leer, que escribía a hurtadillas, era su admiradora incondicional. "¡Es un gran poeta, es un genio!", decía casi gritando, en medio del barullo de las discusiones. Recuerdo perfectamente que, cierta vez, llegó un tío mío enarbolando un diario en el cual había un poema de Vallejo. Avanzó hacia nosotros.

-A ver, Rosita, quiero que me expliques esto: "¿Dónde estarán sus manos que, en actitud contrita, planchaban en las tardes por venir?". ¿Esto es poesía o una charada? A ver, explícame...

Mi tía Rosa tomó el diario y, a medida que iba leyendo, su faz enrojecía. La mujercita frágil y nerviosa que era se irguió por fin llena de rabia:

-Éste es un hermoso poema y si no lo entiendes, la culpa no es de Vallejo sino tuya, que eres un bruto.

La discusión se armó de nuevo.

Mientras tanto, yo continuaba yendo a clase. César Vallejo nos enseñaba rudimentos de historia, geografía, religión, matemáticas y a leer y escribir. También trataba de enseñarnos a cantar, pero nosotros lo hacíamos mejor que él, pues tenía muy mala voz. En cuanto a marchar, no se preocupaba de que lo hiciéramos bien, cosa en que ponían gran empeño con sus discípulos los maestros de grados superiores. Cuando los alumnos del colegio pasábamos en formación por las calles, yendo al campo de paseo o en los desfiles del 28 de julio, los del primer año de primaria, con nuestro melenudo profesor a la cabeza, no marcábamos regularmente el paso y éramos una tropilla bastante desgarbada. Oíamos que la gente estacionada en las aceras murmuraba viendo a nuestro profesor: "¡Ahí va Vallejo! ¡Ahí va Vallejo!".

Algo que le complacía mucho era hacernos contar historias, hablar de las cosas triviales que veíamos cada día. He pensado después en que sin duda encontraba deleite en ver la vida a través de la mirada limpia de los niños y sorprendía secretas fuentes de poesía en su lenguaje lleno de impensadas metáforas. Tal vez trataba también de despertar nuestras aptitudes de observación y creación. Lo cierto es que, frecuentemente, nos decía: "Vamos a conversar"... Cierta vez se interesó grandemente en el relato que yo hice acerca de las aves de corral de mi casa. Me tuvo toda la hora contando cómo peleaban el pavo y el gallo, la forma en que la pata nadaba con sus crías en el pozo y cosas así. Cuando me callaba, ahí estaba él con una pregunta acuciante. Sonreía mirándome con sus ojos brillantes y daba golpecitos con la yema de los dedos, sobre la mesa. Cuando la campana sonó anunciando el recreo, me dijo: "Has contado bien". Sospecho que ése fue mi primer éxito literario.

No siempre le producían placer nuestros relatos. Un día llamó a un muchachito que era decididamente tardo. El pequeño, quizá más trabado por el mal talante que traía nuestro profesor -tenía la boca y el entrecejo fieramente fruncidos-, no pudo decir casi nada, repitió varias veces la misma frase y de repente se calló. "Siéntese", le ordenó con cierta despectiva rudeza. El chiquillo se fue a su banco y, cruzando los brazos, metió entre ellos la cabeza y se puso a llorar ahogadamente. Vallejo se incorporó estremecido y fue hasta el pequeño. Estrechándole las manos lo llevó hasta su mesa, donde le acarició la cabeza y las mejillas hasta calmarlo. Sacó un gran pañuelo para enjugar las lágrimas que brillaban aún sobre la carita trigueña y luego se quedó mirándolo largamente. Sin duda, en la desconsolada angustia del narrador frustrado, sintió esa que a él mismo solía oprimirlo muchas veces y ha aludido en sus versos. Cuando recuerdo aquella ocasión, me parece verlo arrodillado con la mirada, sufriendo por el niño y él y todos los hombres.

Pero había ratos en que la alegría se paseaba por su alma como el sol por las lomas, y entonces era uno más entre nosotros, salvo que grande y con la autoridad necesaria para tomarse tremendas ventajas. Había que verlo cuando hacía de detective. Estaba prohibido comer frutas o chupar caramelos durante la hora de clase. Los chicos solíamos comprar preferentemente, por la razón de que eran abundantes y baratos, unos caramelos a los que llamábamos cuadrados, mercancía que más prodigaba la escasa generosidad de los dulceros estacionados en la esquina del plantel. Vallejo, con la cara metida en el libro, fingía leer mientras alguno le daba la lección, pero lo que en realidad hacía era echar bajo las cejas miradas exploradoras sobre toda la clase. Cuando descubría a algún delincuente se erguía con una sonrisa triunfal y, yendo hacia él, lo amonestaba: "¿No he dicho que no coman cuadrados en clase?". En seguida le quitaba los caramelos, sacándolos con aspaventera diligencia de los bolsillos, y los repartía entre todos o los más próximos según la cantidad. Nunca supe si lo que le gustaba más era sorprender a los infractores o repartir los caramelos entre los chicos. Durante tales batidas nos embargaba su mismo espíritu juguetón y reíamos todos llenos de felicidad.

El reglamento prescribía el castigo de reclusión para los que tuvieran mala conducta o no dieran bien sus lecciones. César Vallejo, durante todo el día, iba formando una lista de los que hablaban durante la hora de estudio o no sabían la lección pero, a la hora de salida, rompía la tirilla de papel en pedazos. Se comprende que no otorgábamos mucha importancia al hecho de ser apuntados en su lista, pero de tiempo en tiempo y sin duda para que no nos propasáramos, solía darnos sorpresas y, a las cuatro de la tarde, entregaba la compungida cuota de reclusos del primer año de primaria al inspector de turno. Su castigo usual era simple y directo: un tirón de los cabellos que quedan a la altura de las sienes.

Por las mañanas llegaba a clase minutos después de la primera campanada y aun con un retardo más considerable. Entrábamos a las ocho, pero acaso se entregaba mucho a la vigilia de la creación o a trasnochar en compañía de amigos -que lo eran suyos todos los escritores jóvenes de la ciudad- o a sus estudios de universitario, de modo que el sueño lo retenía demasiado. Su impuntualidad alcanzó tal grado que, cierta mañana, el propio rector del colegio acudió a ver lo que pasaba y se puso a tomarnos la lección. Cuando Vallejo arribó, se produjo una escena embarazosa que el rector cortó diciéndole que pasara por su oficina a la hora de salida. Durante un tiempo estuvo llegando temprano, pero después volvió a las andadas y, aunque ya no con tanta frecuencia, seguía presentándose tarde.

Fuera del colegio sus versos continuaban provocando la consiguiente reacción de comentarios ácidos y laudatorios e inclusive de protestas. Corrió la noticia de que nuestro profesor había sido asaltado durante la noche por un grupo de individuos que trataron de cortarle la melena. Él se había defendido dando feroces puñetazos y puntapiés. Miré con curiosidad su melena de león. Estaba intacta. Me pareció que durante esos días, tanto como sin duda le duró la impresión del ataque, su tristeza habitual tenía algo de violencia contenida y acendrada amargura.

Me conmovió mucho el asalto, no alcanzando a explicármelo. He de decir que para ese tiempo ya me había vuelto un admirador de Vallejo, si cabe la expresión. Fue que un día, decidido a examinar esa misteriosa e incomprensible poesía por mí mismo, me atreví a pedir a tía Rosa los versos de mi profesor, que ella recortaba sin dejar uno y guardaba celosamente. Al dármelos, hundió los lirios de sus manos en mis cabellos y me dijo que si no los entendía, no pensara mal del autor. Metido en mi cuarto, de bruces sobre la mesa y los poemas, me di cuenta primeramente de que tenían muchas palabras cuyo significado ignoraba. Busqué un grueso diccionario que apenas podía cargar y me dediqué a una exploración que me resultaba muy difícil.

Lejana vibración de esquilas mustias,
en el aire derrama
la fragancia rural de sus angustias.
A buscar la palabra esquilas. A buscar mustias. A medida que avanzaba en mi penosa lectura, me iban asaltando y dejando muchas y contradictorias emociones. Sufría y gozaba, me esperanzaba y desconsolaba. Me invadió un pleno sentimiento de felicidad cuando, en ese mismo poema, pude captar al gallo ("aleteando la pena de su canto"). Entendiendo y no entendiendo, el poema "Aldeana", uno de los primeros publicados por Vallejo, me pareció muy hermoso. La emoción del crepúsculo rural, los sonidos y los colores de la tarde muriente me envolvieron. ¿Qué secreta cualidad hacía que ese hombre escribiera así? Encontré poemas menos pictóricos que no entendí de principio a fin, y al leer "Idilio muerto", la pregunta hecha a mi tía Rosa en pasados meses me pareció formulada a mí mismo. Yo tampoco entendía lo referente a las manos y muchas líneas más. De todos modos, me consolé con lo poco que había comprendido y pensé que acaso, cuando yo fuera grande... Entregué a tía Rosa sus recortes sin decirle media palabra y ella no me dijo nada tampoco. Pese a sus momentáneas exaltaciones, era muy fina y seguramente temió herirme si sus preguntas resultaban indiscretas. Mas desde aquella vez, me alegraba como si hablara en mi nombre cuando ella elogiaba a César Vallejo y me sentí más cerca de mi profesor. Algo había podido apreciar de la belleza que prodigaba en sus versos. En cuanto a su hosquedad y su tristeza... bueno, Cayo Oruna... y uno está tan solo a veces... Porque yo me sentía muy solo en el colegio... Los muchachitos solían burlarse de mi condición de "serrano" y de que tenía chapas y era muy ingenuo. De modo que cuando corrió la voz del asalto a Vallejo, yo tuve una gran pena y sentí ganas de rebelarme contra alguien. Que dejaran en paz a ese hombre. Él era un gran poeta. En todo caso, no hacía mal a nadie con su melena y con sus versos...

Y el profesor, que era a la vez un artista triste y solo, seguía dándonos clase y el tiempo pasaba. En las horas de conversación me hacía hablar no sólo de lo visto por mí sino de lo que había oído contar. Recuerdo que le impresionó la historia de un ciego que vivía en una hacienda próxima a la nuestra, quien iba de un lado a otro por los ásperos senderos de la serranía, tal como si tuviera ojos, y podía reconocer por el timbre de la voz a personas a las cuales no había oído durante años y además era adivino. Una tarde me preguntó: "¿Tú lees otros libros?". Le informé y me dijo que, como ya sabía el reglamentario, llevara otros para leer. Claro que cargué hasta el salón de clase los libros de cuentos que me obsequiaban mis parientes o yo compraba con mis propinas, y también las revistas y libros que mi tía Rosa quería prestarme sacándolos de su biblioteca personal. A veces, Vallejo me preguntaba sobre mis lecturas y, por mi parte, nunca le conté que me había atrevido con sus versos. Temía que me interrogara si los había entendido y, en tal caso, tener que confesarle que no del todo, que en buenas cuentas casi nada o nada. No consideraba suficiente excusa la posibilidad de explicarle que tía Rosa me había advertido que yo era muy niño para poder apreciar esos poemas. Así que me callaba esperando tiempos mejores. Sería grande y podría hablar con el mismo señor Vallejo de sus versos y de toda clase de versos. Cuando una vez me pidió que recitara algo, me guardé las esquilas en el fondo del pecho y dije uno de los más simples versos infantiles que sabía. Era uno que comenzaba así:

¿Oyes el zorzal, María?
Desde el arbusto florido
En donde tiene su nido,
Al cielo su canto envía.

Los jueves por la tarde íbamos de paseo a un lugar situado no muy lejos de la ciudad, donde jugábamos a la pelota y corríamos. A raíz de mi recitación, me llamó a su lado una de esas tardes y, sentados sobre la grama, me pidió que le recitara todos los versos que sabía. Así lo hice, teniendo que repetirle varias veces el que dejo apuntado, y me regaló una naranja. Después, se quedó sumido en un gran silencio. Su expresión plácida de momentos antes había desaparecido. Inmóvil, con las manos sobre las rodillas, parecía mirar a los chicos que jugaban al fútbol y habían señalado el emplazamiento de los arqueros con montones formados por sus sacos y gorras. Noté que las incidencias del juego no le interesaban y que, en suma, no estaba viendo nada. Su prolongado silencio llegó a incomodarme. Yo no sabía qué decir ni qué hacer. Él estaba como ausente y yo esperaba en vano que me permitiera marcharme.

"¿Puedo irme?", le pregunté. Su silencio y su inmovilidad persistieron. Casi furtivamente, me escurrí de su lado, corrí a dejar mi saco y mi gorrita en uno de los montones y me puse a patear la pelota...

En el tiempo que siguió -creo que ya habíamos pasado del medio año de estudios- nuestro profesor me trataba con cierta cordialidad. Cuando tropezaba conmigo en su camino me daba una amistosa palmadita en el cogote. Pero no podría decir que entre mí y los otros niños hacía una diferencia muy especial. Posiblemente pensaba: "Éste es un muchachito al que le gusta leer", y me daba rienda suelta en eso. En cambio yo, lenta y progresivamente, había ido adquiriendo una fe ciega en él. Hay cierta predisposición al partidarismo en el alma de los jóvenes y los niños y, en cuanto a Vallejo, yo me había vuelto un definido parcial suyo. No me cabía duda de que ese hombre extraño era un gran artista, aunque a nadie hubiera podido explicarle bien por qué lo creía. Esta ocasión llegó una tarde, antes de clase. Uno de mis compañeros manifestó que su padre afirmaba que Vallejo no era nadie, ni siquiera como poeta. Mi madre me había dicho que honrara y respetara a los maestros, porque su tarea es muy noble, y le reproché:

-¿Y qué? Es profesor y eso es bueno...

-¿Crees que ser profesor es una gran cosa? Y todavía ser el último profesor de un colegio, el de primer año... Un "muertodehambre"...

Recién comencé a darme cuenta del desdén con que se mira a los profesores en el Perú. El chico que hablaba era miembro de una de las grandes familias de la ciudad, e hijo de un médico famoso. Estaba muy pagado de todo ello y, para terminar de apabullar al pobre profesor, dijo:

-Ni siquiera como poeta sirve... mejor es Chocano. Es lo que dice mi padre, que sabe lo que habla.

-Es un gran poeta -repliqué muy afirmativamente.

-¿Qué sabes tú? ¿Crees que porque te deja leer libros puedes hablar?

-Es un gran poeta -insistí.

-A ver, dinos por qué es un gran poeta...

No supe qué razones aducir. Referirme a la opinión de tía Rosa no me parecía suficiente. Hubiera querido decir algo definitivo.

-Dinos ahorita mismo por qué es un gran poeta -repitió mi oponente.

Yo estaba perplejo. Como a algunos pugilistas en trance de caer vencidos, me salvó la campana.

Día a día, lección a lección, el año de estudios pasó. Llegaron los exámenes y nuestro profesor nos aprobó a todos, citándonos para la ceremonia de la repartición de premios, que se realizaría a fines de diciembre.

La fecha llegó. Esa noche, el gran patio de honor del Colegio Nacional de San Juan estaba de gala. Profusamente alumbrado y con asientos arreglados en forma de galerías, mostraba al fondo un estrado donde tomaron asiento el rector y los profesores. Casi todos llevaban vestido de etiqueta. Las familias de los alumnos fueron acomodadas delante y, nosotros, a los lados y detrás. Los mocosos del primer año fuimos lanzados a una de las últimas filas. Debido a que Vallejo ocupaba un lugar muy secundario en el estrado, sólo se le podía ver la cabeza. Pero ella, grande de melena y cetrina de tez, resaltaba claramente entre tanta pechera blanca y tanta luz... y entre tanta cabeza sin carácter.

No viene al caso que detalle la ceremonia. Es sí pertinente que refiera que no me tocó ningún premio porque, como éramos varios los que obtuvimos las primeras notas, los habían sorteado y los favorecidos fueron otros. Casi al terminar el acto Vallejo abandonó el estrado y vino hacia nosotros. Viéndome sin ninguna cartulina de premio en la mano, recordó lo ocurrido y me dijo: "No te importe la suerte". Cambió algunas palabras más con muchos de nosotros, nos preguntó a varios dónde pasaríamos las vacaciones y luego se marchó. Al poco rato, pudimos advertir que, en vez de volver al estrado, se había puesto a pasear por los corredores. En medio de la penumbra que arrojaban las arquerías, veíase apenas su silueta negra, alargada, casi fantasmal, tras el cocuyo de su cigarrillo.

Cuando el rector, solemnemente, declaró clausurado el año escolar, César Vallejo se dirigió a la puerta y salió, confundiéndose entre la muchedumbre formada por los estudiantes y sus familias. Instantes después lo volví a ver en la calle, yendo hacia la plaza de la ciudad. Magro, lento, se perdió a lo lejos... Pude haberle dicho adiós, pues no volvería a verlo más. Cuando las clases se reabrieron, César Vallejo no dictaba ya el primer año ni ninguno. Al recordarlo, siempre tuve la impresión de que estaría haciendo un duro camino de artista y hombre cargado de penas y distancias.

El César Vallejo que yo conocí.
Por Ciro Alegría

Publicado originalmente en 1944 en Cuadernos Hispanoamericanos

domingo, 6 de mayo de 2007

¿EPOPEYA?: MEMORIAS DE LA GUERRA CON CHILE


Desde muy pequeño, recuerdo haber escuchado a mi venerable abuela, Doña Manuela Lucero Vda. de Ortiz, hablar del salvajismo conque actuaron los chilenos durante la invasión a Chimbote y de los fusilamientos en la denominada "Cuesta de Chile"; tanto como a mi madre contarnos de las reuniones que años mas tarde y casi de manera clandestina, realizaba la colonia China en la quinta cuadra de la Av. José Pardo de dicho puerto.

Interesado por el tema, me puse a revisar escritos chilenos respecto a la Guerra del Pacífico y encontré interesantes notas sobre la barbarie de la que mi abuela hablaba y que fue personificada por el militar chileno Patricio Lynch.

Dentro de la historia del Perú, Patricio Lynch ha quedado marcado como uno de los mas odiados personajes de la Guerra del Pacífico, tal como lo registra el historiador Rubén Vargas Ugarte: "La expedición se puso a las órdenes de Patricio Lynch, cuyo nombre pasará como el de Átila, como sinónimo de robo, crueldad y barbarie".

Pero las criticas no terminan, algunos historiadores chilenos registran las siguientes apreciaciones sobre la expedición del militar chileno: "no había podido, a la verdad, idearse, ni aun dentro de un cerebro enfermo empresa mas fuera de razón, de propósito i de oportunidad, sin tomar en cuenta la implícita barbarie que a toda expedición de destrucción de propiedades va afecta, sea en el mar o sea en tierra firme. Ívamos a resucitar los días de los corsarios en nuestro propio suelo, cuando el mundo entero, de común acuerdo, acababa de abolirlos.."

Para algunos historiadores modernos, se trataba de "... un mercenario irlandés al servicio de Chile, que lanzó una serie de correrías a lo largo de la costa norte del Perú con el doble objeto de pillaje y destrucción del espíritu de guerra del Perú".

La expedición dirigida por Lynch, luego de desembarcar en Chimbote, realizó un raid hacia el interior, en demanda de los ingenios de azúcar; luego desembarcó en Paita, Chocope, Acospe, San Pedro de Pacasmayo, etc. Los muelles donde era posible el desembarco de material de guerra eran destruidos, lo mismo las estaciones y vías férreas.

El Ferrocarril Chimbote-Tablones-Huallanca lo utilizaron para destruir la hacienda Palo Seco de don Dionisio Derteano, quemar 7 locomotoras y arruinar luego la propia vía. Lynch destruyó plantaciones de algodón y de azúcar, e incendió estructuras públicas, mató el ganado, liberó a chinos coolies, generando tumultos de éstos a su partida.

Exigió tributos y rescates entre los propietarios. Las propiedades extranjeras generalmente eran respetadas por Lynch, posibilitando a varios peruanos proteger sus propiedades al transferir éstas a extranjeros antes del arribo de las fuerzas chilenas.

Los objetivos de la Expedición Lynch han quedado registrados : distraer las fuerzas concentradas en Lima, llamando la atención a distintos puntos donde las fuerzas chilenas desembarcarían; imponer contribuciones de guerra en los pueblos próximos a la costa y algunos del interior, para atender con ellos el mantenimiento del ejército chileno; producir el pánico de la guerra en las poblaciones más comerciales del Perú y hacer sentir las consecuencias de la guerra a los acaudalados del norte del Perú.

Trataba de mantener el espíritu público en Chile, y provocar en Lima, tal vez una revolución con los cargos que la impunidad de las operaciones harían nacer contra la imprevisión del gobierno de Piérola. El Ministro chileno Vergara, aparte de los objetivos anteriormente indicados, ordenó la destrucción de todo el sistema ferroviario en el norte del Perú.

En una carta que dirige Lynch a sus superiores, detallando los siniestros planes de la Expedición, se puede leer: "Por distar Huarmey sólo dos leguas de Chancay, término del ferrocarril de Lima al norte por la costa, y mediar una distancia de 20 leguas de Huarmey a Huaraz, si se viera algún peligro para la internación de la división, se dirigiría sin perder tiempo a Chimbote, para desembarcar en ese magnífico puerto, que sirve hoy al comercio de Lima y Callao, después de imponerle la correspondiente contribución de guerra, marcharían por la costa sobre Trujillo, que dista quince leguas de Chimbote, pasando por Virú y Moche, puertos que cuentan con toda clase de recursos".


Benjamín Vicuña Mackenna, documenta el manifiesto de embarque del botín de guerra de Lynch, llegando a las siguientes cantidades: "En cuanto al botín de Guerra, que ni la riqueza, ni la moralidad, ni el buen nombre de Chile para nada necesitaba....consistía aquel en definitiva en unos tres mil sacos de azúcar, 700 a 800 sacos de arroz, 500 pacas de algodón, 17 bultos de chafalonía de plata, 29,050 libras esterlinas en jiros sobre Europa, que no sabemos si fueron alguna vez cubiertos, 11,428 pesos plata, cinco mil soles papel, i cuatrocientos chinos de lo peor de la raza amarilla que desde entonces comenzó a invadir desde Arica los puertos de Chile, sin hacer cuenta de una infinidad de pequeños artefactos o ingredientes que por rubor no nombrarlos".

En las actas de la sesión secreta del Senado Chileno llevada cabo el 29 de Septiembre de 1880, se lee: «A juicio de Su Señoría, esas operaciones eran indignas de nuestro ejército y constituían una verdadera deshonra para la República, para su grandeza moral y su historia futura».


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domingo, 11 de febrero de 2007

MONET


Pintor impresionista francés que llevó a su máxima expresión el estudio de los estados transitorios de la luz natural. Monet nació en París el 14 de noviembre de 1840, aunque pasó la mayor parte de su niñez en Le Havre, donde estudió dibujo en su adolescencia y pintó marinas al aire libre con Eugène Louis Boudin.

Hacia 1859 Monet había decidido firmemente comenzar su carrera de artista para lo que pasaba largas temporadas en París. En la década de 1860 se le asoció con el pintor pre-impresionista Édouard Manet y con otros pintores franceses que más tarde formarían la escuela impresionista—Camille Pissarro, Pierre Auguste Renoir y Alfred Sisley. Monet pintaba, trabajando al aire libre, paisajes y escenas de la sociedad burguesa contemporánea, y así comenzó a tener cierto éxito en las exposiciones oficiales.

Sin embargo, a medida que su estilo evolucionaba, Monet transgredía con frecuencia los convencionalismos artísticos tradicionales en beneficio de una expresión artística más directa. Sus experimentos al aire libre se hacían cada vez más audaces, buscando la reproducción de la luz del día por medio de una aplicación libre de colores brillantes. De este modo, deliberadamente le dio la espalda a la posibilidad de una carrera exitosa como pintor convencional en la línea del arte oficial.

viernes, 1 de diciembre de 2006

POR UNA CULTURA DE PAZ

José Junco, en su obra "La Conciliación", extrae de la jurisprudencia laboral emitida por el Tribunal del Trabajo de Colombia, una sentencia de casación que relaciona bases históricas, doctrinarias y filosóficas: la sentencia de casación del 15 de diciembre de 1948, dictada por el Tribunal de Trabajo de Colombia.


En dicha sentencia se indica que en Roma la Ley de las XII Tablas daba en uno de sus textos fuerza obligatoria a lo que convinieran las partes al ir a juicio. Por su parte, Cicerón, al hablar de las ventajas de la transacción, recomendaba la avenencia de los litigantes hasta sacrificar algo del propio derecho, lo cual considera liberal y a veces hasta provechoso.


Suetonio observa que el mejor monumento erigido por los romanos a la memoria de César fue una columna, al pie de la cual el pueblo acudió durante mucho tiempo a ofrecer sacrificios y votos y a transigir sus controversias; sin embargo el Código ginebrino de 1819 se separó de este precedente y admitió el acto de conciliación como voluntario. Su autor, M. Bellot, en la exposición de motivos combate el acto conciliatio impuesto como medida obligatoria y necesaria a todo litigante, y se funda, de modo primordial, en que impuesto como obligatorio no sería ese acto mas que un trámite preliminar y necesario, una especie de pasaporte - dice - para poder ingresar en el templo de la justicia, pasaporte que toma como una formalidad del procedimiento sin que ninguno de los litigantes tenga el menor ánimo de transigir sus diferencias.


En España tuvo su origen como medida general en la Constitución Nacional de 1812, excepto en algunas leyes especiales, principalmente de orden mercantil, como las Ordenanzas de Bilbao, en las que se previene que no se tramite juicio alguno antes de que los cónsules llamen a los interesados y propongan una transacción entre los mismos, y hagan lo posible para que esa transacción sea aceptada. Esta disposición fue reproducida en las matrículas de marina respecto de los matriculados o aforados, imponiendo también a las autoridades de marina la obligación de citar a los matriculados o aforados para avenirlos.


También en España, en una instrucción dirigida a los corregidores en 15 de mayo de 1788 se les había ordenado que evitaran, en cuanto de ellos dependiera y les fuera posible, los pleitos, procurando la avenencia entre las partes a objeto de que se compusieran amistosa y voluntariamente, para lo cual deberían hacer uso aquellos funcionarios de la persuasión y no dando por terminado su intento sino después de emplear todos los medios persuasivos cuando encontrasen completamente irreconciliables y muy enconados los ánimos de los litigantes, de suerte que fuese necesario llegar a la vía judicial para que el juez o tribunal resolviesen.


Asimismo, la ley de 3 de junio de 1821 de dicho país, prevenía a los alcaldes que debían presidir los juicios llamados de conciliación, trámite indispensable para poder iniciar un juicio, imponiéndose como obligatorio, cuyo carácter pasa a la Ley de Enjuiciamiento Civil de 1855, si bien en ésta dejo de ser juicio y correspondió a los jueces de paz.


En dicha Ley de Enjuiciamiento la conciliación fue regulada de modo que se la impone como obligatoria a las partes antes del inicio de un pleito, y el juez municipal y los hombres buenos que pueden intervenir en la conciliación tienen como deber aproximar a las partes contendientes.


La Iglesia siempre ha considerado los pleitos como fruto de pasiones humanas, peligrosos para las fortunas y las familias y contrarios al espíritu de paz, de caridad y de mansedumbre evangélicas.


En el Evangelio de San Mateo se encuentran tres textos importantísimos que pueden considerarse como precedentes concretos: Dice uno: "Al que quiere litigar contigo y quitarte la túnica, dale también el manto". Otro expresa: "Se transigente con tu adversario pronto, mientras estés con él en el camino, no sea que te entregue al juez". Y el tercero: "Si pecare contra ti tu hermano, ve y corrígele a solas; si te oyere, habrás ganado a tu hermano ; Pero si no te oyere, lleva contigo uno o dos, para que en boca de dos o tres testigos esté toda palabra".


En la Ley 15, Título 1º, Libro II, del Fuero Juzgo se habla de los mandaderos de paz y avenidores, pero estos funcionarios no eran una institución permanente, sino que eran nombrados en cada caso por el Rey para avenir y conciliar los pleitos que éste les indicaba determinadamente.


Por lo tanto, la conciliación no fue en ese estatuto un trámite previo y necesario para litigantes, sino que sólo existía en ciertas causas en que por la importancia de las mismas o de las personas que litigaban podían originarse perturbaciones, y para evitarlas el Rey enviaba los mandaderos de paz para procurar una avenencia entre las partes.


Lo anteriormente expuesto, puede decirse que son apenas unos precedentes de la institución, pues la conciliación en su forma actual tuvo su origen en el siglo XVIII y se generalizó con la Revolución Francesa, que la prohijó con entusiasmo. Se ha estimado que fueron poderosos en el ánimo revolucionario, para la adopción de la conciliación, lo escritos de Voltaire. Por ejemplo, decía éste en una carta escrita en 1745 : "La mejor ley, el más excelente uso, el mas útil que yo haya visto jamás, está en Holanda. Cuando dos hombres quieren pleitear el uno contra el otro, son obligados a ir ante el tribunal de los jueces conciliadores, llamados hacedores de paz. Si las partes llegan con un abogado y un procurador, se hace de pronto retirar a estos últimos, como se aparta la leña de un fuego que se quiere extinguir".


La Revolución, en efecto, dispuso por medio de la ley del 24 de agosto de 1790 que no se admitiría demanda alguna civil sin previo intento de la conciliación y que a éste no podrían concurrir curiales o apoderados. Posteriormente y por decreto de 30 de octubre de 1935 se ha tratado de darle mayor eficacia a esta etapa preliminar.


Legislaciones como la francesa, la española, la italiana, la alemana, la argentina y la colombiana la instituyen como obligación, sin embargo en el Perú, el 13 de noviembre se cumplen nueve años desde que se publicara la en el Diario Oficial El Peruano la Ley N° 26782, Ley de Conciliación Extrajudicial, sin que hayamos avanzado mucho al respecto.


Es hora de que en el país se asuma el tema de la conciliación como un medio de lograr la cultura de paz que el pueblo anhela y para ello se trace una política de Estado, y se comprometan los intereses de todos los actores públicos y privados que tienen que ver con el tema.

viernes, 17 de noviembre de 2006

NÁJERA EN MI CORAZÓN


Nájera es un pequeño pueblo que forma parte de la Comunidad Autónoma de La Rioja, conocida no sólo por su rica historia medieval, sino por su tradición y el reconocimiento mundial a sus viñedos. Hablar del vino de La Rioja, es sencillamente como para quedarse sin palabras. Dichosos los najerinos que mientras sus viñedos lloran, ellos beben de sus exquisitas lágrimas.

Pueblo de callejuelas pequeñas y ondeantes en las que al transitarlas te encuentras frente a una especie de ritual, en el que los efusivos saludos se cruzan interminablemente de un lado a otro. Sin lugar a dudas, es una comunidad en todo el sentido de la palabra. Pareciera que Nájera, entre "manoletas" y "verónicas", ha logrado evadir las costumbres impersonales propias de las comunidades citadinas.

Dos puentes, uno al que la población denomina "puente antiguo" y otro de más reciente data, abrazan el río Najerillo que divide en dos al pueblo. Un extremo del río nos muestra una riqueza histórico monumental llena de tradición medieval y en la otra rivera del río el pueblo se presenta más próximo a la modernidad, aunque respetando pulcramente el diseño que hace de Nájera un pueblo de homogénea arquitectura.

Su autoridad local, una distinguida y pintoresca dama, y en la diputación otra dama que derrocha una simpatía sin igual. Por cierto, recorriendo por la tarde sus pequeñas calles a la luz de sus farolas, te puedes encontrar con la Presidenta del Senado, también hija de noble cuna Najerina, quien haciendo gala de la simpatía que caracteriza a sus pobladores, se detendrá a saludarte y ofrecerte una amena charla.

Es un pueblo en el que inclusive el recaudador y el tesorero - vapuleados históricamente por cuanto historiador o cineasta los ha atrapado entre sus líneas - hacen gala de un derroche de simpatía y personalidad sin igual, departiendo con sus visitantes en amenas veladas, en las que no faltan los famosos "pinchos" – exquisitos piqueos típicos españoles ensartados por mondadientes – y un buen vino riojano, como complemento perfecto de refrescante charla.

Una impresionante exposición medieval en el Monasterio de Santa María la Real - patrona del pueblo - te traslada a través de la historia a las épocas del Cid Campeador, descubriéndote un mundo de vírgenes, tumbas, estatuas, paraninfos, galerías, escritos y altares medievales de larga data. Entre todas estas reliquias, un retablo peruano de oro y plata con la imagen de la virgen de Copacabana que se remonta al Siglo XI, te recuerda el histórico vínculo entre Perú y España.

Por la noche del sábado, la juventud despierta y se vuelca hacía las calles que se encuentran detrás del Monasterio, donde se ubican una serie de locales de baile o sencillamente locales para escuchar música agradable para todos los gustos, tomando unos exquisitos tragos. Lugar donde puedes encontrarte - entre una muchachada que baila la música propia de su generación - con una alegre alcaldesa departiendo con sus jóvenes vecinos o a una diputada que gentilmente acompaña a un grupo de visitantes a una sana diversión nocturna Najerina.

Esto y mucho más es Nájera, cuya calidad humana de sus pobladores permanecerá en mi memoria y mi corazón por siempre.

Hasta la próxima Nájera...

LAS BONDADES DE UN FERROCARRIL Y UN PUERTO


El año 1871 Chimbote era un puerto pujante, que gracias a la generosidad del mar se perfilaba como un puerto de importancia mayor en el país. Sin embargo, paralelamente a este desarrollo pesquero, el puerto se encontraba conmovido por la construcción de un ferrocarril, que lo uniría a la ciudad de Huaraz, generándose un trafico importante de mercancías entre ambos pueblos.

En efecto, por Resolución Legislativa de 12 de julio de 1867, el Congreso de la República había autorizado al Poder Ejecutivo para que a la brevedad posible disponga que se "continúen los estudios científicos de los ferrocarriles que deben partir del Puerto de Santa a Chimbote, a la ciudad de Huaraz; y del de Pacasmayo a la de Cajamarca".

Nada hacia presagiar por ese entonces que años mas tarde, por Decreto del 10 de enero de 1888 - expedido por Don Andrés Avelino Cáceres - se resolverían los contratos suscritos en 1877 para la construcción de un tramo final del ferrocarril, debido al incumplimiento de mismo por parte de los sucesores del que en vida fuera Don Enrique Meiggs, tomando el Gobierno la posesión y administración del Ferrocarril de Chimbote.

Pero regresando al año 1871, fue por Decreto del 9 de diciembre del mismo año, que el Presidente José Balta, dispuso que desde el 1° de enero de 1872 se eleve el Puerto de Chimbote a la categoría de Puerto Mayor.

El referido Decreto contemplaba para el efecto una aduana en Chimbote, fijando las plazas de un Administrador con un haber anual de tres mil soles, un Contador con dos mil cuatrocientos soles anuales, un Oficial 1° con mil quinientos soles anuales, un Oficial 2° con mil doscientos soles anuales, un Vista con dos mil soles anuales, un Guarda Almacenes con mil cuatrocientos soles anuales, un Comandante del Resguardo con mil ochocientos soles anuales, un Teniente del Resguardo con mil doscientos soles anuales, y seis Inspectores cada uno con ochocientos soles anuales.

En el considerando que justifica la elevación a puerto mayor de Chimbote, se lee: "Que el trafico que se ha de establecer por el puerto de Chimbote con motivo de la construcción de un ferrocarril entre ese puerto y la ciudad de Huaraz, exige que se proporcione al comercio los medios necesarios para que ese trafico se realice con facilidad y prontitud, elevando el indicado puerto a la clase de mayor, conforme se ha establecido en el contrato de construcción del ferrocarril".

A fines de 1895 el Pueblo de Chimbote, ya entonces con la categoría de Puerto Mayor, fue elevado a la categoría de Villa, gracias a una Ley aprobada por el Congreso de la República y promulgada sin número el 4 de diciembre de dicho año por el entonces Presidente de la República, Nicolás de Pierola.

En la referida Ley, que no solo eleva a la categoría de Villa a Chimbote, sino que también traslada la capital de la Provincia del Santa a ésta ciudad, se puede apreciar una curiosa contradicción.

La Ley señala: "Considerando, que es manifiesta la importancia actual y la superioridad del Puerto de Chimbote en la Provincia (*) del Santa" (...) "Elévese el pueblo de Chimbote a Villa y trasládese a él la capital del Distrito (*) del Santa".

DEL ECLIPSE SOLAR AL AGUA


Hace unos días me puse a revisar en los anales del Congreso de la República la legislación sobre Chimbote y me encontré con algunas curiosidades legislativas que - en consideración a la ciudad que fuera testigo de mi niñez y juventud - pretendo compartir con ustedes gracias a la generosa atención de amigos y periodistas locales.


A principios del siglo pasado Chimbote era un puerto que recién empezaba a vislumbrarse como uno de los más importantes del país debido a la gratitud del mar que baña sus costas, sin embargo no contaba con servicios de saneamiento pese a la exigencia de sus autoridades locales.


Por aquella época, la única forma de dotar de agua potable a la ciudad era a través de los denominados "pozos artesianos", donde el agua brota superficialmente como un surtidor como resultado de perforar un acuífero confinado cuyo nivel freático es superior al nivel del suelo.


Antiguamente se creía que las aguas subterráneas procedían del mar y habían perdido su salinidad al filtrarse entre las rocas; sin embargo, luego se comprobó que es agua procedente de la lluvia y por tanto las aguas subterráneas forman grandes depósitos que en muchos lugares constituyen la única fuente de agua potable disponible.


Pero retomando la historia, frente a la falta de servicios de agua, Don Antonio Miro Quesada - por entonces Presidente del Congreso de la República - ante la negativa del Presidente de la República de promulgar una Ley aprobada por el Parlamento, el 24 de enero de 1906 promulga la Ley N° 197, consignando en el Presupuesto de la República de dicho año la cantidad de dos mil Libras para los estudios y perforación de pozos artesianos que provean de agua potable al Puerto de Chimbote y demás del litoral que carecían de dicho elemento.


Sin embargo, no fue sino veintinueve años mas tarde - en 1937 - que el Poder Ejecutivo, haciendo uso de facultades delegadas por el Congreso de la República, propuso una ley a través de la cual se declaraba de suma urgencia el financiamiento y la ejecución de las obras de saneamiento en Casma y Chimbote.


Coincidentemente, por aquel año se anunciaba que en junio habría un eclipse solar que de un momento a otro convertiría el día en noche, siendo nuestro país y en especial Casma, uno de los lugares desde donde tan trascendente fenómeno natural se apreciaría en su mayor magnitud.


Fue entonces que no se encontró mejor justificación para que se financiara y ejecutaran las obras de saneamiento que los pueblos de Casma y Chimbote requerían, que indicar que debido al fenómeno solar y la evidente posición de privilegio de la ciudad para observarlo, se recibiría a científicos extranjeros - ansiosos de observar el eclipse solar - y que por tanto era necesario contar con dichas obras para la fecha en que se anunciaba el fenómeno.


El 1 de abril de 1937, el Presidente Oscar R. Benavides promulgó la Ley N° 8521, disponiendo que la Caja de Depósitos y Consignaciones ponga a disposición de una Comisión que designaría el Gobierno, el monto total de los fondos que tenga depositado a la fecha a fin de que éstos sean empleados en las obras de saneamiento respectivas.


La Ley 8521 lleva por titulo "Saneamiento de Casma y Chimbote" y en los considerando de la referida ley se lee: "Considerando; que en la ciudad de Casma del Departamento de Ancash se percibirá mas claramente en el mes de junio del presente año un eclipse de sol y que con tal motivo dicha ciudad será visitada por personal científico extranjero, siendo conveniente que para esa fecha ya estén terminadas ciertas obras de carácter local proyectadas por el Concejo Provincial del Santa".

GRATITUD PERPETUA A LA PROVINCIA DEL SANTA


Agustín Gamarra fue un General peruano que se incorporó a la causa de la Independencia; llegando a ser Presidente del Perú en dos periodos: de 1829 a 1833 y de 1838 a 1841.


Destacó en la Batalla de Ayacucho, luego de la cual fue nombrado Jefe del Estado Mayor; y, en 1828, luego de la invasión a Bolivia, fue nombrado Mariscal. Gamarra tuvo un carácter muy activo por lo que se ausentó varias veces de la capital para sofocar rebeliones y levantamientos en diversas partes del País; pues le obsesionaba la idea de la formación del Gran Perú mediante la anexión de Bolivia.


Fue casualmente producto de estos viajes hacia el interior del país, que en algunas oportunidades tuvo que estar presente en las Provincias del Santa y de Huaylas; apreciando directamente los inmensos sacrificios de sus pobladores a favor de la causa de la restauración de la Independencia.


Siendo testigo de las luchas por la independencia libradas en estas dos provincias y debiendo la Nación gratitud a sus pobladores por su decidido apoyo al denominado Ejercito Unido Restaurador, el Presidente de la Republica, General Agustín Gamarra, promulga el Decreto del 4 de enero de 1839, concediendo a las provincias de Santa y Huaylas exención de la contribución personal que por aquellos tiempos era de naturaleza obligatoria.


En el referido Decreto se señala: "Considerando que los patrióticos e inmensos sacrificios prestados en la presente lucha, a favor de la causa de la restauración, por las Provincias de Huaylas y Santa, las hacen eminentemente acreedoras a la gratitud perpetua del Perú, no menos que a una reparación competente.".


Es en razón del fundamento expuesto, que el Decreto en su parte dispositiva señala: "Por el espacio de cuatro años, que empezarán a correr desde el día en que termine la actual guerra, quedan excepcionadas las provincias de Huaylas y Santa; del pago de la contribución personal".


El Decreto continua de la siguiente manera: "El valor de los suministros que hubieren hecho en granos, carnes, caballos, mulas y otros artículos para auxilio del ejercito, les será abonado por la tesorería departamental de los fondos de contribución de las otras provincias". El Decreto fue dado en la ciudad de Caraz señala que "El Gobierno ha sido testigo inmediato del entusiasmo de la población por la independencia".


Meses más tarde - concluida la gesta de la restauración de la independencia - el Congreso aprueba el Decreto del 4 de octubre de 1839, haciendo efectiva la gracia concedida, norma legal que es promulgada en la ciudad de Huancayo al día siguiente de su aprobación, por el General Agustín Gamarra, pudiendo encontrarse en éste la rúbrica de Don Ramón Castilla.


En el fundamento del Decreto se puede leer: "Que la Nación debe hacer efectiva esta gracia concedida a su nombre por la autoridad que representaba al Perú y estaba investida de todas las facultades para hacer cuanto fuese conveniente a la salvación de la patria".


Finalmente, un año mas tarde, se expide el Decreto del 8 de octubre de 1940, modificando la forma en que se exceptuaba a las provincias de Santa y Huaylas de las contribuciones, señalándose que a partir de dicha fecha "En cada año se cobrará solamente a las provincias de Huaylas y Santa, la contribución correspondiente al semestre de Navidad, quedando el de San Juan a beneficio de los contribuyentes, hasta que se completen ocho semestres que son los que corresponden a los cuatro años de gracia".


Es este el reconocimiento que hizo la Nación a la decidida participación de dos provincias en la lucha por la independencia del Perú, según consta en los Anales del Congreso de la República.

EL PUENTE SOBRE EL RIO SANTA

No tengo memoria de la cantidad de veces que he cruzado el puente sobre el río Santa en la Panamericana Norte; sin embargo, no olvido aquel paseo escolar que a mis apenas 10 años tuve al espectacular río que discurría amenazador bajo su imponente estructura de concreto.

A poco más de una treintena de años de aquel episodio, se me ocurrió buscar los antecedentes legislativos de aquel puente, que en un sector de la Panamericana Norte abraza al caudaloso río Santa, y descubrí que su antecesor fue un puente colgante que por primera vez unió los departamentos de Ancash y La Libertad a inicios de los 900s.

Pero la decisión de construir puentes en el país, se adopta el 20 de noviembre de 1839, fecha en la cual el Congreso de la República, reunido en la ciudad de Huancayo, dispuso que el Poder Ejecutivo construya puentes en los principales ríos del interior y de la costa que carezcan de ellos, autorizándolo para imponer un derecho moderado de pontazgo - pago que se hace para pasar por un puente - en los nuevos puentes que hiciese construir, hasta que se reintegre el costo que estos ocasionaren. Para ese entonces, uno de los mayores obstáculos que se oponían al tráfico terrestre era la falta de puentes a lo largo y ancho del país.

En virtud de ello, hacia el año 1905 encontramos los primeros antecedentes legislativos del puente sobre el río Santa: la Resolución Legislativa N° 156 promulgada por el Presidente José Balta el 1° de diciembre de 1905. Efectivamente, a través de esta norma legal el Congreso de la República dispuso que el Poder Ejecutivo "... mande hacer por uno de los ingenieros que tiene a su servicio, el plano y presupuesto de un puente colgante sobre el río Santa, que comunique los departamentos de Ancachs (sic) y la Libertad, en un punto de la costa.", debiendo dar cuenta del resultado de los estudios.

Sin embargo, no fue sino hasta el 25 de octubre de 1908 - una vez concluidos los estudios y elaborado el presupuesto del puente - que el Congreso de la República consignó en el Presupuesto General de la República la cantidad de nueve mil libras, en dos anualidades de cuatro mil quinientas libras cada una, para la construcción de un puente colgante sobre el río Santa en la provincia del Santa; según se desprende de la Ley N° 901, promulgada por el Presidente Augusto B. Leguía el 5 de diciembre de 1908.

Por aquella época, Recuay era otro punto del río Santa en el que se estimaba de imperiosa necesidad la construcción de un puente. Es así que en 1903 el Congreso de la República aprueba consignar en el Presupuesto del Departamento de Ancachs (sic) para 1904, la suma de 200 libras, destinadas a la construcción y colocación de un puente de alambre sobre el río Santa, que facilite el tráfico al asiento minero de Recuay. El entonces Presidente Augusto B. Leguía promulga la Ley el 10 de noviembre de 1903.

Pero ante la insuficiencia de los recursos consignados para el puente Recuay sobre el río Santa, el 31 de octubre de 1906 el Congreso de la República aprueba la Ley N° 300, a través de la cual consigna en el Presupuesto General de la República, por una sola vez, la cantidad de mil treinticinco libras, seis soles, treinta y tres centavos, con el objeto de completar lo que se necesitaba para la construcción del puente de alambre sobre el río Santa, fronterizo a Recuay. La Ley es promulgada por el Presidente José Pardo el 9 de noviembre de 1906.

Pero la historia del puente colgante Recuay sobre el Río Santa, aun no terminaría; pues el 9 de diciembre de 1909, el Congreso Regional del Norte, con sede en Cajamarca, consignaría en el Presupuesto General de la República, "... la suma de trescientas libras peruanas, para la terminación del puente sobre el río Santa, en Recuay"; promulgándose la Ley N° 136, por el Presidente Augusto B. Leguía, el 5 de abril de 1920.

A estos dos puentes, le antecedieron otros, como uno de cal y piedra en Pumachaca, que se justificaba en la imperiosa necesidad de construir un puente en el río Santa, para facilitar el tráfico comercial entre las provincias de Pallasca, Pomabamba y Pataz con las de Huaraz y Huaylas. Las partidas presupuéstales correspondientes fueron consignadas en el Presupuesto General de la República de 1901 y una ampliación presupuestal es consignada en el Presupuesto Departamental de Ancash en 1909.

Es esta la historia de los puentes sobre el río Santa; historia que nos retrotrae en el tiempo hasta la época en que un puente colgante era el que unía a los departamentos de Ancash y La Libertad, en el mismo lugar en el que hoy se ubica el puente de concreto que forma parte de la Panamericana Norte.