TRADUCTOR

Mostrando las entradas con la etiqueta Arturo Pérez-Reverte. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Arturo Pérez-Reverte. Mostrar todas las entradas

jueves, 29 de julio de 2010

La curva diabólica

Hace unos meses me calzaron una multa. Tomé a 123 kilómetros por hora, en la autovía de Madrid a Sevilla, una curva suave con velocidad limitada a 100. La pagué sin rechistar, aunque esa curva era imposible tomarla a la velocidad indicada.

Iba yo a mi marcha normal, en una recta, atento a que la aguja del velocímetro no superase los 120 kilómetros por hora; y de pronto, mientras adelantaba a otro coche, me encontré con el inesperado cartel de todo a cien. Mientras intentaba reaccionar ante la señal imprevista, miraba por el retrovisor, concluía el adelantamiento y regresaba al carril derecho, un radar oculto me hizo la foto.

Pagué, como digo, sin darle más vueltas; aunque preguntándome a qué hijo de la gran puta de la Dirección General de Tráfico se le había ocurrido poner una limitación de 100 kilómetros por hora y un radar oculto en un lugar donde maldita la falta que hace, y donde hasta los más correctos conductores tienen difícil reducir de pronto veinte kilómetros la velocidad sin dar un frenazo.

Recuerdo que antes había -todavía queda alguna, aunque pocas- señales cuadradas, azules, recomendando reducir la velocidad en algunos tramos. Pero no es lo mismo, claro. Con recomendaciones no se expolia al ciudadano. No se recauda viruta.

En mi siguiente viaje a Andalucía, hace una semana, decidí respetar escrupulosamente cada señal que se pusiera a tiro: autopistas a 120, curvas de autovía a 80 y demás parafernalia limitadora.

Y ya se lo pueden imaginar: mientras por mi lado pasaban zumbando coches abonados al carril izquierdo, con una seguridad pasmosa, basada, supongo, en los Gepetos, o como se llamen, que te chivan «radar en curva tal, limitación en tramo cual, puticlub en vía de servicio», yo iba como un gilipollas, despacito, doliéndome los ojos de mirar el velocímetro. Más atento a la aguja que a la carretera.

Si llega a verme la Guardia Civil, me paran a fin de besarme en la boca. Con lengua. Entonces llegué a la curva diabólica. No era la misma de la multa, aunque se parecía.

Esta vez, el funcionario encargado de trabajar el asunto había echado el resto, esmerándose hasta extremos maquiavélicos. Ni mi amigo el Gringo, que montaba emboscadas en Nicaragua con astutas combinaciones de minas Claymore, ametralladoras y fuego cruzado, tenía la mitad del talento que este profesor Moriarty del tráfico por carretera.

Primero, al final de una larga recta de la autovía, una señal de limitación a 100 y un aviso de radar obligaban a reducir la velocidad en una curva suave, a cuya salida, en otra larguísima recta, no había ninguna señal de retorno a los 120. Eso obligaba a rodar durante un buen tramo con la incertidumbre de si podías acelerar un poco, o no.

Al fin, a los dos tercios de la recta, aparecía el 120. Y justo cuando pisabas acelerador para ponerte a esa velocidad, ante una curva en forma de suave doble ese, una limitación a 100 te hacía frenar de nuevo. Así lo hice. Y lie una pajarraca de cojón de pato.

A ver si me explico. La señal la vi mientras adelantaba a un enorme camión trailer, que rodaba a unos cuarenta metros de otro que lo precedía. Consciente de que si continuaba rebasaría la velocidad permitida, me pasé al carril derecho, entre los dos camiones. Pero éstos no circulaban a 100 kilómetros por hora, sino a más.

En un instante tuve un pavoroso y descomunal radiador pegado a la chepa. Incómodo con mi maniobra de conductor ejemplar, el camionero me dio las luces, tocó el claxon y, supongo, mentó a mi madre.

Angustiado, asomé un poco a ver si podía, con un acelerón intrépido, adelantar al camión que tenía delante y salir de aquella trampa saducea. Entonces, entre curva y curva, mientras pasaban coches zumbando por mi izquierda sin hacer caso de mi intermitente, vi una señal de limitación a 90. A todo esto, el gigantesco radiador de atrás me desbordaba el retrovisor: lo tenía a un palmo.

De perdidos al río, dije. Aceleré adelantando al camión de delante, la aguja subió a 130, y en ese momento vi otra señal de limitación de velocidad, ésta de 80 kilómetros por hora. Frené, ya en el carril izquierdo, poniéndome a 90; y el camión de atrás, que había iniciado la maniobra de adelantarme, soltó otro bocinazo.

A esas alturas de la vida ya me daba todo igual, así que pisé hasta 140, me puse delante del primer trailer y frené para reducir hasta 100. El claxon de ese camión hizo vibrar mis cristales.

Me hallaba, comprobé cuando al fin levanté los ojos del velocímetro y dejé de mirar el retrovisor, en una sucesión de curvas suaves, pero no tenía ni puta idea de cuál era la velocidad correcta allí: si 80 o 120.

Me puse a 90, por si las moscas. Entonces los dos camiones me adelantaron, uno tras otro, y tras ellos la fila de coches que la maniobra había amontonado detrás. Algunos conductores se volvían a mirarme. Ciscándose, imagino, en todos mis muertos.

Ignoro si los picoletos estarían cerca, haciendo fotos o grabándome. De ser así, sugiero colgarlo en Youtube, e ir a medias. Nos íbamos a forrar.


ARTURO PÉREZ-REVERTE El Semanal - 29/11/2009

lunes, 26 de julio de 2010

Esos marcianos bordes


No tengo claro si al astrofísico Stephen Hawking se le ha ido la pinza, o no, pero he disfrutado mucho con lo último suyo, lo de los marcianos. Tanto como un político español con una Visa Oro.

Dice don Stephen, que no es cualquiera, que los alienígenas pueden dejarse caer cualquier día por la Tierra derrochando mala baba fluorescente, y que mejor no tener contacto con ellos, porque vete a saber.

Que lo mismo hacemos el primo con tanto mensaje de buena voluntad enviado al espacio, hay vida aquí en la Tierra, aló, aló, se me oye, se me escucha, etcétera, mandando naves con una foto de nuestros niños, la película Bambi y la canción esa de algo pequeñito, uó, uó, algo muy bonito.

Igual el paquete entregado a domicilio despierta en los pavos de allá arriba, que pueden no ser tan buena gente como creen algunos, ganas de arrimarse a echar un vistazo, más o menos como hicieron Hernán Cortés, Pizarro y otros finos neurocirujanos de las civilizaciones azteca, maya y sitios así. Y la pringamos.

A mí, sin embargo, la idea me pone. Mucho. Ando bastante empalagado de mermelada intergaláctica. De marcianitos amables, dignos padres de familia. Siempre me pateó los higadillos esa tendencia moderna, tan políticamente correcta, a presentar a los extraterrestres como gente más bondadosa, culta y civilizada que los humanos. Basándonos en qué, pregunto.

No encuentro ningún motivo para pensar que un fulano de color verde fosforito, antenas con luz estroboscópica en la frente y palmo y medio de estatura, nacido en la Galaxia ZetaZetaPAF según pasas Alfa Centauro a mano izquierda, deba tener mejores sentimientos, más educación o menos instinto depredador que cualquiera de los innumerables y conocidos hijos de puta que pastan en nuestro bonito planeta azul.

No faltarán en el espacio constructores ladrilleros, supongo, capaces de que el alcalde de allí recalifique los terrenos del circo de Hiparco o un anillo de Saturno, engrasándolo. Tampoco andarán escasos de obispos o imanes de lo suyo, no al aborto, velo y demás. Ni de políticos del Pepé, o como se llame allí, con sastre gratis, amigo en campo de golf y corbata ancha color butano.

También a los extraterrestres les gustarán los platillos volantes de lujo, supongo. Y las cuentas secretas en las islas Cocodrilo de Orión. Y ver Sálvame Alienígena de Lux, los viernes. Y las marcianas con tetas grandes, o lo que les cuelgue en su equivalente galáctico. No te fastidia.

Así que, por mí, que nos invadan. No creo que vayamos a peor. Además, estoy de acuerdo con el amigo Hawking. También eso nos lo estaríamos ganando a pulso, con tanta gilipollez terrícola.

Daría igual que vinieran en pateras espaciales -imagino a esos marcianos desnutridos, atendidos por picoletos, psicólogos y oenegés- o a bordo de naves acorazadas con más artilugios que la planta de electrónica del Corte Inglés. Alucinarían al ver nuestras caras de panolis. Nosotros ser terrícolas y recibiros en son de paz. Jao. ¿Du yu spikinglis? Etcétera.

Disfruto más con la idea de unos extraterrestres bordes, en plan Mars Attack, que con la estampa tipo E.T. del marcianito bueno, tierno y comprensivo. La idea de un ser mucilaginoso apuntando con el dedo de pata de pollo a las estrellas mientras susurra «Mi cassa, mi cassa» con una voz que recuerda sospechosamente la de Benedicto XVI, me motiva mucho menos que esos alienígenas desparramándose de su ovni con ganas de juerga y hasta arriba de morapio, hip, como ingleses en Ibiza, poniéndolo todo perdido de líquido blandiblub en plan moco, mientras la peña les hace la V con dos dedos en plan paz y buen rollito, colegas.

Con Mariano Rajoy diciéndoles al cabo de un rato largo, tras pensárselo mucho: «Gracias por haber venido. Yo también me llamo marciano, Marciano Rajoy», mientras Bibiana Aído, con risita pícara de colegiala transgresora, los llama extraterrestres y extraterrestras del espacio y de la espacia, y Leire Pajín, entre anuncio y anuncio de champú, se congratula en el telediario de la conjunción planetaria Obama-Zapatero-Júpiter, calificándola de acontecimiento galáctico del milenio.

Me parto en rodajas imaginando esas y otras deliciosas escenas. No digan ustedes que no les pone, por ejemplo, la de un ser viscoso de color amarillo que camina dejando un rastro gelatinoso, chof, chof, armado con pistola atómica disolvente de rayos láser ultrasónicos, y entrando en el Senado español a ver de qué va aquello, mientras algún tonto habitual -Iñaki Anasagasti, por ejemplo, recién peinado por Llongueras- pretende explicarle, muy serio y con el pinganillo en la oreja, lo de las lenguas cooficiales y la traducción simultánea.

Sí. Hay días en los que pagaría por ser marciano.

Patentes de Corso
Arturo Pérez-Reverte
xlsemanal
17/5/2010

Esta chusma de aquí


Artículo de Arturo Pérez-Reverte publicado en "El Semanal" el 27 de Febrero de 2000, que reproduzco del Blog http://diegocg.blogspot.com.

Cómo nos gusta linchar. Hay que ver cómo nos gusta juntarnos en grupitos, darnos valor unos a otros, y apalear gente. Cómo nos entusiasma sentirnos respaldados por la bulla, por el rebaño que es presunta garantía de impunidad, por los compadres y vecinos cuyo tropel disimula el gesto de nuestra navaja cobarde, del puño furtivo, del bate de béisbol esgrimido por Fuente ovejuna. Cómo nos refocilamos con la piara y aullamos nuestra ruin mala leche mientras nos ensañamos con el débil, con el que corre en busca de refugio, con el caído, con el indefenso. Lo mismo nos da una vaquilla en fiesta de pueblo que un moro o un concejal. Hoy, mientras tecleo estas líneas, después de haber visto a un montón de animales con garrotes destrozar a golpes el humilde coche viejo de un infeliz marroquí, oigo que alguien en la radio dice que somos un país de racistas y de xenófobos. Pero eso es mentira. Lo que somos es un país de hijos de puta.

Nos faltan huevos. Nos falta valor para enfrentamos a quienes nos dan por saco desde hace siglos, y toda la frustración acumulada bajo malos gobiernos, en manos de los de siempre, curas, políticos, mercaderes y generales, sazonada por nuestra propia envidia, cainismo y desprecio a cuanto ignoramos, solemos vomitarla a la primera ocasión sobre las espaldas del que cae ante nosotros, a condición de que esté indefenso y solo. Mientras la poca gente honrada da la cara donde debe darla, el resto somos milicianos de cheka y madrugada, falangistas de primero de abril. Fusilamos maestros, rasgamos cuadros, quemamos catedrales porque no hay cojones para quemar cuarteles. Dejamos que la gente decente se pudra en la miseria, y que mueran en el exilio Machado, Goya o Moratín. Golpeamos con saña, sin que nos importen el rostro aterrado de la mujer y los hijos de nuestras víctimas. No vamos a buscar al poderoso en su palacio -suelen tener guardias en la puerta-, sino que la emprendemos a golpes con el pinche de cocina que pasa por ahí, con el que pillamos descuidado en la puerta de su casa. No hay coraje para asaltar comisarías a pecho descubierto, así que preferimos la puñalada en mitad del barullo, el tiro en la nuca cuando la víctima sale a tomarse una caña con su mujer, el coche bomba que puede hacerse estallar desde lejos, a salvo, sin correr ningún riesgo. Nos llamamos a nosotros mismos cruzados, gudaris, defensores de la fe, ultrasures, nacionalistas, demócratas mosqueados, ciudadanos hartos de tal y de cual. Nos llamamos cualquier cosa a modo de coartada, pero en realidad lo único que estamos haciendo es justificar nuestro cerrilismo y nuestra mala fe.

Nos falta cultura. Oyes a los tertulianos, a los analistas de plantilla, a los políticos que tratan de justificar lo injustificable, y compruebas aterrado que no manejan argumentos; que todo es lugar común y demagogia, y que pocos son capaces de explicar lo que realmente está pasando, establecer antecedentes, bucear en la memoria y en las circunstancias históricas, culturales, sociales, que llevan a tal o cual situación. Nos centramos en el agravio ignorando las causas que lo originan, las claves y la memoria histórica que permiten discutirlo, asumirlo, razonarlo. Pretendemos resolver problemas cuyo origen ya ni siquiera se estudia en las escuelas, y aterra ver cómo analfabetos y demagogos hacen análisis y proponen soluciones aberrantes, utopías absurdas que nadie pondrá nunca en práctica.

Nos falta previsión. Todo cuanto pasa se sabe que va a pasar, entre otras cosas porque lleva siglos pasando; pero nadie mira hacia atrás para aprender. También nos faltan escrúpulos. El moro, el negro, el sudaca, son buenos cuando vienen sumisos a limpiar nuestras alcantarillas; pero ni siquiera les ofrecemos recursos para que lo hagan con dignidad. Nos cabrea que también ellos aspiren a un coche blanco, una casa blanca, una mujer blanca. Somos egoístas e irresponsables, gobernados por chusma que sólo se acuerda de Santa Bárbara cuando truena, y cuando a la tal Bárbara la han violado veinte veces; gentuza que ve venir la tragedia y no hace nada porque está ocupada en campañas electorales, o en apoyos parlamentarios, o favoreciendo a su clientela, a sus mierdecillas, a sus lameculos y a sus compadres.

Nos falta caridad, compasión. Tenemos buena memoria para lo que nos interesa, y muy mala cuando nos conviene; y al poco rato ya nos emociona más una telecomedia imbécil de la tele que una chabola incendiada. Y lo que es peor, nos falta remordimiento al mirarnos al espejo. En realidad, lo que nos falta es vergüenza.