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domingo, 28 de diciembre de 2008

Mientras agonizo

El escritor Norberto Fuentes, que tan bien conoció la revolución desde dentro, evoca estos 50 años que, en su opinión, desembocan en un Fidel transmutado en un personaje conservador que agoniza.

La Revolución Cubana, cuyo transcurso hasta hoy dura cincuenta años, ha tenido como norma inapelable la lucha contra el tiempo. Como si los dioses, cronómetro en mano, la observaran ante cada movida. 26 de julio de 1953. El disparo apresurado de Gustavo Arcos Bergnes frente a la posta del cuartel Moncada destruye el factor sorpresa del plan de Fidel para tomar la fortaleza. 2 de diciembre de 1956. El pantano que se les interpone a los expedicionarios del Granma en el momento del desembarco le da tiempo a la aviación batistiana para detectarlos y casi exterminarlos. 17 de enero de 1957. Con el ataque al cuartelito de la Plata la suerte comienza a cambiar. La guerrilla logra rendir a la guarnición y que la noticia se riegue por todo el país. La escasa provisión de municiones impuso un plazo de apenas minutos para lograr el propósito. 17 de abril de 1961. Playa Girón (Bahía de Cochinos según los americanos) es la batalla decisiva, paradigmática, de la pugna con el tiempo. Fidel sabía que las horas estaban contadas antes de que la fuerza invasora se hiciera fuerte en una cabeza de playa y obtuviera la debida legitimidad para reclamar el apoyo de las tropas americanas. Así que se dispuso a liquidarlos en menos de 72 horas.

La explicación más plausible es que la Revolución Cubana, desde sus orígenes, desde el simple chispazo que conformó su idea, se concibió y desarrolló como una contienda contra enemigos muy superiores en número y recursos; el número entendido en batallones y los recursos traducidos en equipo militar. A tal efecto, o al menos para el primer golpe, el factor sorpresa es esencial. Y luego desenvolverte con toda celeridad, aprovechando los elementos que finalmente determinaron en los triunfos revolucionarios: el desconcierto y de inmediato la desmoralización del adversario. La situación no ha cambiado gran cosa desde entonces. Casi medio siglo después de esos combates emblemáticos, lo que tenemos es una situación que muestra pocos márgenes de variación. Apenas se registra una oscilación desde que Fidel lanzara los dos rafagazos de ametralladora contra los soldaditos que vivaqueaban en el remoto cuartel de La Plata.

La situación actual, sin embargo, parece ofrecer las mayores zonas de peligro que haya conocido la Revolución. Se explica por una aparente laxitud impuesta por la situación médica de Fidel, a describir a mitad de camino entre convalecencia y agonía sin plazo fijo para morirse. Pero lo que se muestra en la superficie como una especie de marasmo tiene su propia dinámica y debajo de esa superficie, densa, inanimada, hay fuerzas que se mueven. De cualquier manera —y Fidel lo sabe— se trata de la más importante de todas las batallas que ha conocido el proceso. Porque es su última batalla y la que debe quedar en la memoria. Una batalla que es una abstracción y que Fidel no estará para verla y, lo que más ha de pesarle, no estará para disfrutarla, para alardear de ella, para contarla una y otra vez en interminables discursos. Advierto que no se dice nada de esto peyorativamente. ¿O todos no disfrutábamos con él de esas arremetidas? Pongamos las cosas en su sitio: no hay experiencia más dulce que la de alardear luego de la victoria. Y ustedes, queridos lectores, vamos, no se hagan, que yo no estaba solo en la Plaza.

Hete aquí que de eso vivimos durante la larga marcha de la Revolución y de pronto un día él se nos pone viejito y achacoso y aún no tan choco como lento cuando, sin aviso, las tripas se le revientan. Lo que ocurre a continuación no es que todo se haya acabado —porque todavía no ha ocurrido, así que no se embullen, tranquilos ustedes— sino que los decibeles del tic tac ganaron una retumbante intensidad. Para el ojo de los profanos, el problema que tiene por delante es saber si va a continuar en esta pose de los últimos tiempos de querer demostrarle a los americanos que es el mejor gobernador que han tenido en la isla desde la época de España o qué otro rumbo se arriesga a tomar. Hay poca gloria en su actual conducta. Pero parece muy cómodo en ese ejercicio de perro cancerbero de la tranquilidad de los yanquis en su frontera marítima. Ni oleadas de balseros, ni narcotráfico, ni refugio de fugitivos de la justicia americana, y mucho menos exportación de guerrillas o presencia militar rusa en la isla, y saturando los campos de minas alrededor de la base de Guantánamo para que a ningún musulmán prisionero se le ocurra intentar esa vía de escape. En vez de estar haciendo valer el peso específico de su gloria, y darle alguna utilidad a estos cincuenta años de guerra, lo que visiblemente tenemos es a Fidel apagando las candelitas que puedan quedar.

Sería terrible que no tuviera conciencia plena de lo que esta pasando a su alrededor y en el atolladero «histórico» en el que se ha metido y del poco tiempo que le queda disponible para salirse. En su caso, la merma del tiempo se ve acompañada de la merma de sus posibilidades físicas, es decir, no solo la premura sino que todo le va a resultar más trabajoso. Pero hubo otras ocasiones y otras posturas. En la madrugada del primero de enero de 1990, luego de una sombría festividad de año nuevo en la residencia ocupada por Gabriel García Márquez en La Habana (se había hecho una costumbre desde 1986 que festejara allí), ya en plan de retirada, en el dintel de la puerta, Fidel lanzó esta frase entre triste y resignada para el resto del convite de Gabo: «Bueno, nada nos quita que el año que viene esté de nuevo en la Sierra Maestra, luchando.» Estaba viendo el derrumbe del campo socialista y el «desmerengamiento» de la URSS (como le llamó desde temprano) y la posibilidad cada vez más asfixiante de que la Revolución Cubana quedara al garete. Pero aún había ánimo y fuerzas para disponerse a una nueva guerra de guerrillas, al menos como amenaza retórica. El significado quedaba claro, sin embargo: no se iba a rendir. Más adelante, cuando la disolución de la URSS se hizo efectiva y de un golpe el país, Cuba, se descascaró y se convirtió en una ruina, Fidel llamó a su ministro de comercio interior, Manuel Vila Sosa, y le dijo: «Coño, Vila, mira a ver qué es lo que repartes. Necesitamos aguantar un año. Si pasamos el año, nos salvamos.» Repartir era distribuir alimentos y artículos de primera necesidad a la población. Demostró entonces que si bien vio a tiempo la desaparición de la URSS, no vio en cambio la necesidad de acumular las reservas para aguantar el palo, o sea, sobrevivir a una tanda de palazos. Hasta hubo necesidad de habilitar algunas para convertirlas en funerarias de barrios debido al súbito incremento de la mortalidad de ancianos por mala, malísima, nutrición, e incluso hubo una epidemia de polineuropatía, que no existía desde la época de Colón y que entonces se llamaba escorbuto, una avitaminosis por la exposición de los marinos a extensos períodos sin consumo de frutas y vegetales y cero obtención de vitamina C.

Un impala para García Marquez

Las cosas deben haber mejorado hacia 1995. Empleo como detalle para la aseveración que Fidel mandó a buscar a Zimbabue dos hermosos ejemplares de impalas, de más de 160 libras, para lo cual hizo valer su alianza con Robert Mugabe y despachó un Ill-62 de Cubana con el propósito de tener esa carne al fuego en la celebración del cumpleaños, el 6 de marzo, de García Márquez. Un impala para Gabo, el otro para el zoológico de la ciudad. Por cierto, que el primero hubo de ser sacrificado porque el impala original del guateque de Gabo, que pastaba en los dominios del comandante Guillermo García —uno de los llamados «comandantes históricos»—, en las afueras de La Habana, fue descuartizado por unos desalmados en vísperas de la fecha establecida para su sacrificio oficial y distribuida y consumida su carne en los poblados de los alrededores, gracias a la red del mercado negro asociada a los diestros descuartizadores.

Un traidor

Así, pues, el hombre vital y desafiante (y también de aquellos excesos) se enfrenta ahora a la posibilidad de pasar a la historia como un inconsecuente. Y nada más inconsecuente que un revolucionario cuando se convierte en un conservador. La palabra que aplica de inmediato en ese tránsito, dada la sangre que se ha derramado, es traidor. ¡Cómo le gustaba a él endilgársela a todo el que no estuviera de acuerdo con sus postulados! No acudió a las masas en esta ocasión. Tú no llamas al pueblo para meterte en un refugio y sentarte a escribir cuatro boberías. Mucho menos, después de tanto hablar, vas a recurrir a la gente para transformarte en el guardián de los intereses de los Estados Unidos de América. La muerte que enarbolaba como un talismán, no solo la suya, sino la del país entero, listos todos para las lavativas de la inmolación, actúa ahora como un paliativo de los últimos días. No hay que molestarlo, déjense de presionarlo, el pobre, la está pasando mal. ¿Pero llegaremos a entender lo que de verdad está pasando? Las revoluciones, ya lo sabemos, tienen la potestad de los virajes más sorprendentes. Eso a veces te cuesta que te paren delante de un pelotón de fusilamiento. En los años 60, no fueron pocos los que fusilaron por darle candela a los cañaverales. Era la época de sabotear la industria azucarera, principal renglón económico del país. Luego se descubrió que era un método altamente productivo de preparar los cañaverales para su cosecha, especialmente para el corte con máquinas combinadas. Una vez que se atrapa la idea de que una revolución no reconoce las fronteras de ninguna imposición, lo que te queda como jefe de uno de esos fenómenos es avanzar. Pero el tiempo le está quedando corto. Hoy mismo se le está reduciendo y le sobra espacio dentro del puño para atraparlo. Habría que sacudirse de la modorra, de la autocomplacencia, de la lástima con la que él mismo se está mirando, y de los susurros al oído de su hermano, el disciplinado comunista de la vieja escuela, que siempre confundió el leve barniz de las reformas con el fuego implacable de la Revolución. Tiene que cambiar. Tiene que salvarse. El proyecto de una revolución permanente es inobjetable al menos en el lapso de vida de una generación que toma el poder en su temprana juventud. ¿Por qué no acudir a las masas de nuevo? Pero, realmente, ¿es eso lo que debe hacer o no acabamos de leerlo correctamente, después de tantos años juntos? Hay que entender, sin embargo, que llegado a este punto, el mensaje es muy claro. Se está colocando por encima de los dos grupos de cubanos —revolucionarios y contrarrevolucionarios— que se enfrentaron en el último medio siglo y les dice a ambos, mientras mira su reloj digital Seiko y sigue la resta de sus horas: «Aquí no queda más nada por hacer que negociar. Y aquí el que va a negociar con los americanos soy yo.»

Un reguero de muertos

Ahora que Fidel agoniza o se aguanta como puede con apenas un tramito de pocas pulgadas de intestino tiene que ver con ciertas sospechas el resultado de su obra. Esto si lo contempla desde el punto de vista del desarrollo de las fuerzas productivas, que es a su vez el consenso de sus enemigos. No creo que él se vaya por ese lado. Esperemos asimismo que todo, a partir de determinado momento, no haya sido para él mantenerse en el poder. Puede mirar por su ventana. El imposible era la mecánica que echaba a andar para imponerse a todas las adversidades. Claro, en el camino hubo un reguero de muertos y eso puede tener algún peso. Carlos Aldana, cuando era el secretario ideológico del Partido, me hizo ver una vez una arista de probada sensibilidad que, según sus cálculos, debía anidarse en el alma de Fidel. Me dijo que un hombre que había mandado a la muerte a tantos de sus compañeros, debido a las exigencias de los combates o de las misiones más secretas, tenía una carga de compromisos morales equivalentes a estar cruzando permanentemente su Jordán. Bueno, tú tampoco puedes hacer una revolución pensando en que te vas a jubilar en unos cuantos años. Los hombres que matan no gozan de retiro. Iba a decir asesinos, ¿pero cabe esa palabra aquí, con justicia, frente a los que impartieron justicia? Hay, pese a todo, triunfos permanentes, y aunque parezcan mentira casi todos en el área exterior: el más factible y directo es la humillación sostenida de la CIA. Más nunca fue nada después de Playa Girón. África y el giro mayoritario hacia la izquierda de América Latina son logros innegables de los cubanos. Ningún ejemplo describe mejor su capacidad ofensiva que un chascarrillo del propio Fidel. Preguntado sobre la posibilidad de una guerra con los Estados Unidos, respondió con una pregunta: ¿Y si ganamos? Es su absoluta conciencia de que los problemas vienen después de la batalla y que estos se desatan con mayor gravedad en el interior de los territorios conquistados.

ABC.ES

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